Antonio Agredano y las sorpresas que te encuentras en una reforma: "De niño enrrollé una notita de papel y la metí como pude en un huequito"
El cronista de Herrera en COPE habla de esas cosas que alguna vez nos encontramos cuando hicimos obras en casa.

Reformas, por Antonio Agredano | Crónicas Perplejas
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Un casco con heces, una mano humana o un proyectil de la Guerra Civil... muchas han sido las cosas que nuestros Fósforos han encontrado durante una reforma en su casa. Antonio Agredano le pone voz y letra.
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Reformas, por Antonio Agredano | Crónicas Perplejas
De niño, porque lo vi en una película, enrrollé una notita de papel y la metí como pude en un huequito, por donde pasaban los cables, en el piso donde pasé mi infancia. Le di muchas vueltas a qué mensaje dejar a la posteridad.
Primero barajé alguna idea sobre maldiciones, como travesura, para asustar a quien la encontrara. Luego algo bonito, como en las galletas de la suerte, dando ánimos o consejos a los futuros inquilinos. Al final, en un alarde de egocentrismo pueril, dejé escrito: «En este piso vivió Antonio Agredano, que tiene diez años y es de Córdoba».
He pensado alguna vez en esa nota. No por si la llegó a encontrar alguien, que me daría hasta vergüenza, sino por esa pulsión pueril a dejar un legado. Una huella. A trascender el tiempo y la memoria. A estar aún sin estar. A que mi palabra sobreviva a mi ausencia.
Pienso si escribir es eso. Si estas crónicas son una forma de permanencia. Si tengo, a mis 45 años, algo de aquel crío que decidió, de entre todas las palabras, dejar testimonio sólo de su breve existencia.
Pero me hago mayor. Y los años me han enseñado algunas cosas. La primera es una devoción absoluta por el presente. Este es el campo en el que trabajamos, en el que nos curtimos, donde se nos agrietan las manos.
Porque somos los días que vivimos. Somos el suelo que pisamos. El rubor en las mejillas y la emoción de los reencuentros. Somos la risa y el paladar. Nuestra vida es un hoy, una suma de hoys, como eslabones de una cadena, en el que nada existe más fuerte que lo inmediato.
Y lo segundo, y complementario, es que nuestro único patrimonio es el afecto. Y ese será nuestro legado. El amor que dimos. El amor que nos dieron. La confianza. El consuelo. Y cuando seamos ceniza, cuando ni siquiera nuestras palabras perduren, cuando el presente se haya marchitado, en algún lugar aún desconocido brillarán aquellos momentos.
Yo creo en la trascendencia. Y nada tiene que ver con estos párrafos ni con aquella nota. La inmortalidad es un abrazo que se alarga en el tiempo. Somos eternos en lo que amamos. En quienes quisimos y nos quisieron. Porque sólo el corazón resiste el gélido viento de los años.



