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Schlichting: "Rubalcaba y yo discutimos vigorosamente, luego la vida nos regaló una tregua"

La directora de 'Fin de Semana' analiza la actualidad

Cristina López Schlichting

Cristina López Schlichting

'Fin de Semana' COPE

Tiempo de lectura: 2'Actualizado 11:46

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Hay una conmoción especial cuando muere un hombre a una edad que consideramos temprana. Si la persona muere a la vez que el resto de su generación, consideramos más asumible su fallecimiento. Si no lo hace, nos quedamos perplejos. Es un síntoma diáfano de que no estamos hechos para la muerte. Para la nada. Con Alfredo Pérez Rubalcaba ha pasado. Por eso la capilla ardiente está en el Congreso, privilegio en principio reservado a los jefes de Gobierno y los padres de la Constitución, por eso mucha gente hace cola. Por eso el presidente lo dejó todo e interrumpió la Cumbre Europea para ir al hospital donde agonizaba, pese a que se habían enfrentado muy duramente.

Por otro lado, a los españoles nos gusta elevar a los altares a los muertos. Sin embargo, Alfredo Pérez Rubalcaba, que en paz descanse, no fue un santo. Era uno de nosotros, con una inteligencia de acero maleable. Él mismo se describía en una entrevista con Manuel Campo Vidal, donde utilizó su faceta de catedrático universitario de Química.

Un político nato, con las mismas características que Manuel Fraga o Carrillo, a saber, una amplia cultura, un interés por lo que pasaba en el mundo, capacidad de atisbar las prioridades y objetivos y de negociar, que es una cosa muy muy escasa. Tuve con él uno de los mayores desencuentros de mi carrera. Discutimos vigorosamente aquí en COPE, en antena, tras los atentados de Atocha. Acusaba al Gobierno de José María Aznar de ocultar la verdad sobre la autoría islamista. Yo le reproché utilizar con fines políticos la dolorosa situación. De hecho, fue él quien acuñó la frase: “Nos merecemos un Gobierno que no nos mienta”. Menuda tuvimos.

La vida nos permitió después una tregua -siempre lo hace - y acercamientos más afortunados. Siempre fue un caballero. Era afable y tenía una interesante conversación mesurada, con muchos datos jugosos para la periodista. Le importaba todo lo que pasaba en el mundo y era muy culto. Su pronta muerte nos ha robado unas memorias fabulosas, salvo que las haya dejado escritas.

En octubre pasado lo entrevisté por última vez, tras un diálogo con el cardenal Cañizares, en la Fundación Pablo VI. Destilaba respeto y entendimiento. Me dijo que la violencia de ciertas religiones exigía una apuesta actualizada por el cristianismo. De aquel encuentro es el siguiente finísimo comentario, que demuestra su capacidad para calibrar los tiempos históricos.

Al despedirnos, se ratificó en su postura sobre el atentado de Atocha. Erre que erre. Dio datos concretos que no consideré taxativos. Genio y figura. Era el mismo tesón con el que combatió a ETA eficazmente -aunque bajo su mandato tuvo lugar el chivatazo del Bar Faisán- y la misma perseverancia con que defendió la Monarquía, facilitando la entrada de Felipe VI y ayudando a Mariano Rajoy, responsable de aquella delicadísima transición. Por eso han estado los reyes en la capilla ardiente, porque era un hombre de Estado.

Yo me quedo con su humanidad. La de un profesor cuyos alumnos alababan, un tipo con una carrera civil, que no era sólo un aparatchik como tantos de hoy en día. Sólo por su lucha contra ETA y su defensa de la Jefatura del Estado hay materia de sobra para que lo lloremos los españoles y alcemos un padrenuestro. También los discrepantes. Porque la historia la hacen los distintos y los que tienden puentes y porque fue un as de espadas cuando hizo falta.

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