Una década después, España pierde el estatus libre de sarampión: qué ha pasado y por qué Sanidad vuelve a estar en alerta
El aumento sostenido de casos de sarampión ha llevado a la OMS y al Ministerio de Sanidad a activar nuevas alertas y revisar sus estrategias de prevención

Imagen de archivo
Madrid - Publicado el
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El sarampión es una enfermedad vírica muy contagiosa que puede provocar desde fiebre y erupciones cutáneas hasta complicaciones graves como neumonía o encefalitis. Gracias a la vacunación, durante años fue considerada prácticamente erradicada en España. Sin embargo, su regreso en los últimos ejercicios ha vuelto a situarla en el centro de las preocupaciones sanitarias.
España ya no es considerada un país libre de sarampión
Diez años después de haber logrado ese reconocimiento, la Organización Mundial de la Salud ha retirado el estatus tras detectar un aumento sostenido de casos y transmisión continuada del virus.
El distintivo se concede cuando un país logra mantener durante al menos tres años consecutivos la ausencia de transmisión endémica. España cumplió ese objetivo gracias a las altas tasas de vacunación y a un sistema de vigilancia eficaz, pero los datos recientes muestran que esa situación se ha deteriorado.
Según los informes sanitarios, en 2023 se registraron 11 casos, en 2024 fueron 227 y en 2025 la cifra subió hasta 397, lo que confirma una tendencia al alza.
Aunque perder este estatus no significa que exista una epidemia incontrolada, sí indica que el sistema ha dejado de cumplir los criterios de eliminación y que el virus vuelve a circular de forma estable en determinados entornos.

Niño con sarampión
Qué ha fallado en la vacunación
Uno de los principales factores que explican esta situación es el estancamiento de la cobertura vacunal. España mantiene cifras altas en términos generales, pero no siempre alcanza el 95% recomendado en la segunda dosis de la vacuna triple vírica, que protege frente al sarampión, las paperas y la rubéola.
Esta diferencia entre territorios y grupos de edad genera lo que los expertos llaman “bolsones de susceptibilidad”: zonas o colectivos donde hay suficientes personas sin inmunizar como para permitir la propagación del virus.
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A esto se suma el impacto de la movilidad internacional. El sarampión sigue presente en muchos países, por lo que los casos importados pueden desencadenar brotes si entran en contacto con población vulnerable.
Otro elemento clave es la percepción social del riesgo. Tras años sin apenas casos, parte de la población ha dejado de ver el sarampión como una amenaza real. Esta sensación de seguridad ha reducido, en algunos casos, la urgencia por completar el calendario de vacunación.
Además, el sistema sanitario arrastra todavía las consecuencias de la pandemia. Durante años, muchos recursos se concentraron en la gestión de la COVID-19, lo que afectó a campañas de prevención y al seguimiento de otras enfermedades.

Pediatra poniendo una vacuna
La respuesta de Sanidad y los riesgos actuales
Ante esta situación, el Ministerio de Sanidad ha anunciado la revisión y refuerzo del Plan Estratégico para la Eliminación del Sarampión y la Rubéola. Entre sus prioridades están mejorar la cobertura vacunal, especialmente en la segunda dosis, reforzar la vigilancia epidemiológica y mejorar la comunicación con la población.
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La OMS insiste en que la retirada del estatus responde a una evaluación técnica basada en datos. No supone una declaración de emergencia, pero sí una señal de alerta sobre la vulnerabilidad del sistema de salud pública.
El principal riesgo es la aparición de brotes locales, que pueden afectar sobre todo a niños no vacunados, adolescentes y adultos sin inmunización completa. El sarampión es una enfermedad altamente contagiosa y puede provocar complicaciones graves como neumonía o encefalitis.
Desde el punto de vista económico, cada brote implica un gasto añadido en rastreo de contactos, hospitalizaciones, campañas de vacunación de refuerzo y atención en centros de salud.
Todo ello supone una presión extra para un sistema ya tensionado.
Los expertos coinciden en que recuperar el estatus perdido es posible, pero exige constancia.
Mantener altas tasas de vacunación, mejorar la información pública y no bajar la guardia son elementos clave para evitar que una enfermedad que parecía superada vuelva a convertirse en un problema estructural.
España logró eliminar el sarampión gracias a la prevención y la vigilancia. Perder ese logro demuestra que la salud pública no es un éxito permanente, sino un equilibrio que debe cuidarse cada día.





