CIENCIA SISMOLOGÍA
Un tesoro de sismos: las arritmias de la Tierra preservadas en papel ahumado
Rafa Riesco
Publicado el - Actualizado
4 min lectura
Rafa Riesco
El Observatorio Geofísico de Toledo alberga un tesoro particular, el que conforma toda la información recopilada por los observatorios sismológicos españoles en el siglo XX: más de un millón de fichas sísmicas que dibujan el pulso del planeta y los grandes terremotos, en su mayor parte en láminas de papel ahumado.
Esta ingente documentación forma parte del Archivo Nacional de Datos Geofísicos, que contiene todos los datos analógicos recopilados por los distintos observatorios sismológicos y geomagnéticos que tuvo operativos el Instituto Geográfico Nacional (IGN) a lo largo del siglo XX, hasta que los avances técnicos dieron paso a equipos digitales.
El archivo no solo recopila información de los sismos que tuvieron lugar en España o en la Península, sino que hay registros de todas partes del planeta, en particular de los grandes terremotos que se produjeron en la Tierra durante el siglo XX, según relata a la Agencia Efe el director del Observatorio Geofísico de Toledo, José Manuel Tordesillas.
La información que contiene sirve para científicos de todo el mundo que solicitan acceder estas fichas para desarrollar sus investigaciones, por lo que se ha creado una base de datos y está en marcha un proceso de digitalización.
Su relevancia llevó al Instituto Geográfico Nacional a crear el archivo para almacenar las fichas que estaban en todos los observatorios puestos en marcha el siglo pasado, que dejaron de ser operativos a partir de los años 80 por las interferencias en las ciudades, por lo que empezó a pasarse al concepto de red sísmica, con estaciones por toda España alejadas de los núcleos de población.
En sus dependencias estaba toda la información recopilada durante décadas en las bandas de registro sísmico y geomagnético, en soportes muy delicados como papel ahumado, papel térmico o papel fotográfico.
Para preservar la documentación se procedió al traslado del material al archivo de Toledo, que solamente en el apartado sismológico tiene más de un millón de fichas, algunas con una antigüedad de más de cien años.
Han demostrado que son perdurables porque, a pesar de su antigüedad y del material con el que están hechas, las fichas sísmicas de papel ahumado están en muy buen estado de conservación, señalan a Efe Tordesillas y la responsable del Archivo Nacional de Datos Geofísicos, Marina López.
De hecho, López comenta que es más sencillo trabajar con las fichas de papel ahumado, "aunque manchen las manos", que con las más modernas de papel fotográfico o las de papel térmico, que se degradan con mucha facilidad.
La historia de estas peculiares fichas de papel ahumado está unida a la de los propios observatorios que fue creando el IGN, hoy un anacronismo, ya que en ellos vivían los ingenieros, los instrumentistas, los mecánicos y sus respectivas familias, porque las bandas sísmicas se cambiaban todos los días.
De esta forma, cuando se producía un terremoto sonaba una sirena, y si era en la noche y estaban durmiendo tenían que levantarse a cambiar las bandas para empezar a analizar la información y a calcular.
Después, los observatorios se enviaban telegramas entre sí, porque se necesitaban los datos de al menos tres de ellos para hacer una triangulación y determinar el epicentro del terremoto.
Para ello se usaban unos equipos que también se conservan en el archivo de Toledo y que constituyen verdaderas obras de arte de la mecánica, fabricados en países como Alemania o Italia, y otras diseñados por ingenieros españoles y construidos en España.
Estos equipos han sido traídos desde los distintos observatorios, y a veces restaurados en Toledo a partir de viejas fotografías, porque algunos yacían despiezados en garajes y almacenes.
En el archivo se exhiben desde grandes equipos de instrumentación mecánica, que llegaban a pesar 750 kilos, a otros que fueron perdiendo peso y aumentando precisión al ir incorporando sistemas electromagnéticos.
Una de sus particularidades es que disponían de un quemador con una mecha que ahumaba el papel, que se montaba sobre un cilindro para que una plumilla plasmara los movimientos en su superficie.
Además, estaban dotados de relojes, elementos imprescindibles, porque cuando hay un terremoto es preciso saber el segundo exacto en el que comienza.
Para calcular la intensidad del seísmo se usaba un método más subjetivo: las encuestas que se hacían a personas escogidas para esta función que había en todos los pueblos, como el farmacéutico, el médico o el cura.
Rellenaban una especie de fichas con los efectos perceptibles del terremoto, que tenían forma de postal y se enviaban por correo a los ingenieros de los observatorios, con el fin de confeccionar la información macrosísmica.
Estas fichas también se conservan en el archivo de Toledo, junto a otros materiales más sofisticados como los 13.000 microfilmes de la antena sísmica de Sonseca (Toledo), que construyeron los estadounidenses en los años 60 del pasado siglo, así como placas de vidrio con imágenes fotográficas de las campañas de gavimetría que ha desarrollado el IGN desde su creación en 1870.



