Una mano fuerte que se tiende a los que lloran

El gran bien de la vida de cada uno de los que han muerto no se ha perdido para siempre, y hay una mano fuerte que se tiende a cada uno de los que hoy lloran, para que no se precipiten en la desesperación

Captura Imágenes de la búsqueda de evidencias que puedan servir para la identificación de víctimas e investigación del accidente ferroviario en Adamuz (Córdoba)
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Escucha 'La Firma de José Luis Restán' de este lunes 19 de enero

José Luis Restán

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La tragedia ferroviaria en Adamuz siembra hoy de dolor y de preguntas toda nuestra vida compartida. Un acontecimiento así plantea con toda su crudeza la exigencia de un significado bueno para nuestra vida, y podemos pensar que el afecto, la solidaridad y las palabras de consuelo resultan demasiado insuficientes, impotentes frente al tremendo dolor de las familias golpeadas. ¿Dónde encontrar un consuelo que esté a la altura de ese dolor, que no se reduzca a palabras vacías y superficiales, sino que reavive la esperanza?, se preguntaba hace pocos días el Papa frente a las familias de algunos jóvenes fallecidos en un terrible incendio en Suiza, mientras celebraban el año nuevo.

El Papa les dijo claramente que él no podía explicarles por qué se les ha pedido afrontar una prueba tan dura, como tampoco nosotros podemos explicárselo a las familias de las víctimas del tren. Sin embargo, podemos recordar las palabras de Jesús en la cruz, cuando gritó al Padre: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» León XIV dijo que “la respuesta del Padre a la súplica del Hijo se hizo esperar tres días, en el silencio, pero luego, ¡qué respuesta! Jesús resucita glorioso, viviendo para siempre en la alegría y en la luz eterna de la Pascua”.

El gran bien de la vida de cada uno de los que han muerto no se ha perdido para siempre, y hay una mano fuerte que se tiende a cada uno de los que hoy lloran, para que no se precipiten en la desesperación. Esta es la única respuesta que podemos ofrecer. La fe, que no es un sentimiento sino una certeza sostenida en la propia historia de cada uno, ilumina los momentos más oscuros y dolorosos de nuestra vida, y nos ayuda a continuar con valentía el camino. Desde luego, es un camino que puede ser duro, pero no vamos solos, Jesús nos precede y no está lejos de lo que nos toca vivir; al contrario, lo comparte y lo carga con nosotros, de la misma forma que toda la Iglesia lo carga con los que sufren.

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