La Foto: "Un retrato de un rostro con una boca dispuesta a hablar cuando haya que hablar"
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La Foto: "Un retrato de un rostro con una boca dispuesta a hablar cuando haya que hablar"
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La foto que me ha llamado la atención es algo oscura. Bajo un cielo nublado que amenaza tormenta, un hombre luce su torso desnudo. Pongamos -es un poner- que se llama Hugo. Hugo está calvo y, al mismo tiempo, es un hombre peludo. Tiene cubierto el pecho con una gran mata negra y densa y hacia el ombligo le baja un gran río de vello. A la altura del arco costal, antes de la tripa, con un movimiento tardo, se asoma la cabeza de una serpiente, quizás una víbora que mata gentes y animales. A Hugo se le abre el esternón en dos alas de un pájaro imposible. Y los brazos, el cuello, hasta la barbilla y la nariz lucen flores, geometrías, arabescos. La piel entera tatuada con filigranas de jaeces y manillas. La historia de Hugo con los tatuajes es larga. Hugo, de niño, era simple como una barra de pan. Pero ya entonces sentía el hastío y el aburrimiento de un viejo. Un día fue a una feria y vio a un hombre tatuado de los pies a la cabeza. Y, por primera vez, se emocionó. Y ahora solo pensar en una nueva figura, en un nueva imagen, no para hasta que no la ve en sus cueros. La ilusión dura lo que el dibujo tarda en trasladarse de su cabeza a la piel. Luego vuelve el desencanto, la desilusión. Se promete una y mil veces que nunca volverá a dejarse embaucar con el deseo, con los engaños del alma. Pero ya le vuelve a volar a Hugo la cabeza y busca un retrato que estampar en su espalda. Una espalda que todavía está libre. Un retrato tatuado con unos ojos dulces, profundos, una mirada sabía, poderosa y buena. Un retrato de un rostro con una boca dispuesta a hablar cuando haya que hablar y a callar cuando haya que callar. Un retrato con la cara más hermosa nunca vista. Hugo busca para su espalda un tatuaje nuevo.



