
Madrid - Publicado el - Actualizado
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La foto que me ha llamado la atención hoy más que una foto es un puñetazo en el estómago. La he visto en El País. Es del fotógrafo griego Nat-siou-lis. En el retrato, un coche viejo, un coche cuadrado y poco preparado para cortar el viento como eran los coches de antes. El coche avanza a poca velocidad en un autopista. El conductor va entre los dos carriles, la raya blanca de separación la lleva entre las cuatro ruedas. Se ha echado la noche y una espesa niebla no permite distinguir nada a pocos metros. Las luces de cinco pares de farolas titilan como estrellas mudas y destempladas. Después todo está oscuro. De frente, en la otra dirección, viene otro coche pero es como un fantasma al que solo se le ven las cuencas de unos ojos que destellan. El conductor está fatigado, hace horas que intenta adivinar que hay detrás del telón que hace más oscura la noche. Con un gesto mecánico limpia una y otra vez la luna del parabrisas que no está sucia. Desea con todo su cuerpo que la bruma se disipe. Los esfuerzos por intentar descubrir que hay detrás de la larga recta por la que avanza y el afán de que todo acabe pronto ocupan toda su cabeza. Su imaginación dibuja noches claras y limpias, su memoria recrea otros viajes, otros trayectos tranquilos y relejados. El conductor sin darse cuenta intenta refugiarse en un pasado al que no puede volver y pretende alcanzar un futuro que se le resiste. El conductor del coche de la foto está convencido de que el suyo es un viaje sin presente, es una huida. Por eso cada metro, cada segundo, se le antojan una tortura. No se puede viajar sin que, de algún modo, haya algo en la carretera, en el coche, que anticipe el destino.



