
Madrid - Publicado el - Actualizado
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La foto que me ha llamado la atención la he visto hoy publicada en el diario El País. En una habitación de paredes blancas, con una luz que no se sabe de dónde viene, dos chicas están frente a frente. Una de las chicas, pantalón vaquero, camisa blanca y mascarilla negra mira hacia el frente. Tiene la chica un brazo apoyado en el muslo y el otro brazo vuelto, entregado mientras le meten una aguja en una vena para sacarle la sangre. Le están haciendo pruebas. La chica no mira la aguja, no mira la herida, mira hacia delante y en sus ojos está su madre poniéndose muy guapa y oliendo a colonia para ir de fiesta, en sus ojos está la rosa de otoño que ha quedado milagrosamente suspendida entre dos días de lluvia, está el petirrojo con su incendio en el pecho saltando entre la hierba, están los castaños vestidos de príncipes con un manto de ocre y de oro, está en los ojos de la chica la viejita casi desnuda de aquel pueblo de la India que recogía el agua de la fuente, la niña negra que bailaba con la música de las estrellas bajo el cielo de África, en los ojos de la chica está la risa del yonqui cuando le dieron un beso y un abrazo y le llamaron por su nombre, están los ojos en el ciprés que, como su ánimo rompe el cielo, están los ojos de la chica no en la herida, no en la aguja, sino en lo que le importa y lo atiende despacio, rendida dichosa.



