
Madrid - Publicado el - Actualizado
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La foto que me ha llamado la atención la he visto hoy en el diario El País, es fotografía de una escena que se ha hecho cotidiana. En una habitación amplia y bien iluminada, un padre trabaja delante de una gran pantalla de ordenador, está el padre muy pendiente de esa ventana en la que, por los prodigios del tiempo, tiene uno acceso al mundo entero, un mundo eso sí, al que le faltan los olores y le falta el tacto. Junto a la pantalla, una taza y un vaso de leche. Es la merienda que el hijo no se ha acabado. El niño que se llama Lucas y que viste una camiseta deportiva le cuelga al padre de una oreja un juguete. Pero el padre no se gira, no aparta la vista de sus tareas. Parece que al padre la edad, que se antoja mucha veces como una ladrona silenciosa, le ha quitado su infancia. Pero las manos del hijo despiertan en la piel del padre el olor dulzón y el sabor áspero de las algarrobas maduras en el suelo, bajo el gran árbol, el sabor de lo regalado, de lo que nos se ha merecido; despiertan el gusto por pisar los charcos con unas botas de aguas que parecían mágicas, el gusto por una vida llena de aventuras; despiertan la cabañas de ramas junto a gran tronco y esa excitación única que produce el construir algo, abrir un hueco habitable; y despiertan el recuerdo de la primera vez en la nieve, toda silenciosa, y el olor intenso del jazmín femenino, porque el jazmín huele a mujer y el incienso alrededor del paso mientras la Virgen baila, cuando se siente uno triste de tanta belleza, cuando el corazón de niño estaba herido de tan bonitas que podía llegar el mundo y el paseo en burro por la huerta, qué vértigo adentrarse en lo desconocido; y el mareo de pensar en cosas muy grandes como las estrellas y en cosas muy, muy pequeñas. Todo eso sigue hay, siguen ahí esos ojos grandes de un niño delgado que aparecen en la foto de jardín de infancia. Los ojos de niño siguen ahí, mirando sin cansancio para ver que triste y que bonito puede ser el mundo.



