
Madrid - Publicado el - Actualizado
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La foto que me ha llamado la atención es una foto que publica El País, la imagen de un capitel de Santa María de Barruelo de los Carabeos. Es la piedra rubia, rubia como un campo segado. Y excavando en ella ha encontrado un maestro que vino de lejos dos figuras, la de un juglar y una juglara. Visten los dos de saya, hombre y mujer con túnica. Y el juglar que quizás se llame señor Abelardo, toca una revec, un violín. Y la señora juglara, que quizás se llame Eloísa, golpea con mucho tino y mucho ritmo, un pandero cuadrado. Y el señor Abelardo y la señora Eloísa cantan también una tonada debajo de la cenefa de piedra que es como casa de hierba. El juglar y la juglara son compañeros, amigos, amantes, el juglar quizás se haya escapado de su estudios y la juglara quizás se haya escapado de la vigilancia de su tío, compañeros, amigos y amantes con unos amores prohibidos… pero los tiempos en los que vivieron, los tiempos del medievo, en contra de lo que suele decir, fueron tiempos muy tolerantes y poco obsesionados con las reglas cuando se trataba de asuntos de corazón. Recorren el juglar, pongamos que se llama Abelardo, y la juglara, pongamos que se llama Eloisa, recorren los pueblos tocando el violín y el pandero cuadrado y cantando sus tonadas. No tienen muchas, tres o cuatro, y las repiten decenas, cientos, miles de veces bajo arboles de oro en otoño, bajo parras frescas en verano. Las palabras de las tonadas les van entrando en el cuerpo y en las tripas les hacen surco. Las palabras dichas, cantadas una y otra vez le hacen a uno surco por dentro, el canto del juglar y de la juglara es bonito, dice verdad, y por eso las palabras esculpen de dentro. Parecen de rubia piedra sus figuras, pero están el jugar y la juglara esculpidos para siempre en las palabras bonitas, cantadas, que dicen verdad.



