
Madrid - Publicado el - Actualizado
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La foto que me ha llamado la atención la he visto en el País. Es una imagen tomada cuando septiembre ya estaba terciado. Un retrato de campo. Al fondo tres hombres con gorra porque el sol todavía castiga, están encorvados sobre una tierra rica, fecunda. Llevan unos canastos y con mucho esfuerzo siguen una hilera verde, recogen de los tallos un golpe de color, un ojal de sangre malva. Dicen que la flor que recogen esos hombres, la rosa del azafrán es una flor arrogante y altiva porque se asoma al salir del sol y se muere enseguida, al caer la tarde. No es arrogancia la del ojal morado que florece solo para unas horas, es modestia, es suspiro de belleza, es un corazón encarnado y fugaz, es fragilidad que destella solo instantes, es soplo discreto, oportunidad de condensar en un segundo tu mérito y el mío, el mérito de admirar las cosas bonitas. Es el azafrán flor morada, de adviento, flor de la última hora, del retorno, porque al final, cuando todo acabe y todo empiece, cuando todo florezca, nos pedirán seguramente cuentas no de muchas cosas, pero si de las veces que nos agachamos a recoger suspiros de belleza, instantes encarnados y florecidos en los que se condesa el universo.



