
Madrid - Publicado el - Actualizado
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La foto que me ha llamado la atención la he visto hoy en La Vanguardia. Es de Marcel Giró un fotógrafo que trabajó entre los años 30 y 60 del pasado siglo. La imagen, en blanco y negro, es un juego de claroscuros. Retrata la calle desierta de una gran ciudad. Desierto un paseo bajo unos árboles muy canijos. Desierta una gran avenida por la que solo transita un coche. Desierto el asfalto. Un charco en la acera refleja el vacío al que se asoma el único viandante. Dos altos rascacielos proyectan una sombra larga y la penumbra se antoja invencible. Detrás de los edificios resplandece una luz que parece lejanísima. Parece imposible que el día acabe de amanecer. El viandante, después de asomarse al vacío del charco, camina junto a la sombra alargada de una farola que desde hace años no hace su oficio. Todo parece haber sucumbido a la tiniebla. El viandante mira sus pies y sus manos, y piensan que son producto del azar, de una evolución sin alma y sin aliento. El viandante mira las calles vacías, los altos rascacielos que lo hacen pequeño e insignificante y piensa que todo lo que pueda sucederle es indiferente porque él es un ciudadano anónimo de una ciudad sin alma y sin aliento. Son los efectos del clarouscuro. Se puede mirar hacia la luz que intenta abrirse paso o hacia las sombras que lo dejan todo sin alma y sin aliento.



