
Madrid - Publicado el - Actualizado
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La foto que me ha llamado la atención la he visto trasteando en internet. Es de Sa-bi-ha Çi-men. La imagen está tomada a las orillas de un mar con olas pequeñitas y un agua entre verde y gris. El océano ya es manso y llega dócil a tierra, rizándose en espuma lo justo para recordar que se puede tornar bravo. El cielo está cubierto con nubles altas, algodonadas, de un azul cansado y poco intenso. Es difícil saber si avanza la mañana o si la tarde va de caída, el sol hace su trabajo con mucha discreción. Es la foto de una playa en invierno, está todo, arena, mar y aire, pero falta todo, falta el día esplendido. Es la foto a la espera de un día espléndido. Hay quince bañistas que no pueden esperar y se han lanzado a la mar oceana. Las carnes de las dos chicas que ya salen llevan tatuado el grito de protesta por un agua tan fría. En el susto que traen en la cara las dos bañistas de invierno, en la prisa que se dan, en lo encogido que llevan el cuerpo dan noticia de la tortura que ha sido zambullirse en el gélido elemento. Donde las olas rompen una docena más levanta las manos, encoge el alma, lucha contra el instinto. Con sus trajes de baño de colores se llaman valientes para terminar de darse un chapuzón heroico. Bañistas de invierno a los que la espera se les hace demasiado larga, bañistas de invierno que no quieren o no pueden seguir los tiempos lentos de la esperanza, bañistas de invierno que quieren arrebatarle al cielo un días esplendido. La paciencia es tan difícil como engorrosa la pulmonía.



