
Madrid - Publicado el - Actualizado
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La foto que me ha llamado la atención la he visto hoy en la Vanguardia. Es la imagen de un colirrojo tizón, un pajarico que no es más que un suspiro. Un pájaro pequeño, que pesa lo que un ánima, unos gramos. Está el colirrojo, de primera mañana ya vestido de ceremonia, con un traje gris marengo que parece de lana inglesa, quizás sea un tweed escocés, una espigilla, aunque no tiene el animal pinta de académico. Recoge el colirrojo unas migas del suelo. Están afanados los pájaros estos días porque han pasado mucha hambre. Estaba todo en silencio y en no se les oía ni cantar ni piar ni trinar. Pero ahora que los hielos empiezan a perder su arrogancias de espejos y se convierten en fuentecicas, ahora han vuelto los pajaros. Había esta mañana uno sobre el tronco tronchado de la cipresa. Y se le oía bien, se le oía al pajarico cantar el lamento al árbol caído. Y estaba en el canto del pájaro el lamento sin voz que llevamos dentro. Han vuelto los pájaros, como el de la foto. Han vuelto los pájaros pobres, con su voz y su alegría, con una voz y una alegría que derrochan y que da gusto escuchar. Han vuelto los pajaricos pequeños, que pesan lo que un soplo, que pesan lo que un ánima, parecen que no eran nada y ahora sabemos lo mucho que nos faltaba, nos faltaba la alegría. Son un soplo sí estos pajaricos, pero es que en un soplo está todo, es un soplo casi imperceptible el que hace girar el mundo, el que trae de vuelta al sol. Nos faltaban los pajaros y no sabíamos cómo se mantenía la belleza en pie. Y hemos vuelto a mirar sus patitas de alambre y nos hemos acordado de que la belleza del mundo se sostiene por hilos casi invisibles.



