
Madrid - Publicado el - Actualizado
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La foto que me ha llamado la atención la publica hoy ‘La Vanguardia’. Es el retrato de una mañana de Barcelona con una luz de paraíso mediterráneo, con una luz de silencio, con una luz de esperanza blanca. Y ahí, unas mujeres a las que no se les ve, pero que son las protagonistas de la foto. En la imagen hay una fila de personas esperando a que las misioneras de la caridad, las hermanas de Calcuta, abran las puertas del convento.
El último de la fila es un hombre que está más abrigado que los demás. Todos están de manga corta. Él no. Él tiene frío, frío de tanto pensar que el hambre es un delito. El último de la fila se ha retirado varias veces de la cola… pero después ha vuelto.
Cuando vence en él la idea de que es propio de delincuentes el tener el estómago vacío. Cuando vence la idea de que un hombre cabal, un hombre con los deberes hechos no tiene hambre, no tiene necesidad… Entonces, cuando se convence de esto, se retira de la fila.
Pero al rato, este personaje retorna a su puesto. Le suenan las tripas, le flaquean las piernas, se siente débil… no hay elucubración que valga.
Pero pasados unos minutos se vuelve a retirar. Se recrimina no haber hecho lo suficiente, no haberse exigido lo suficiente, no haberse explotado lo suficiente.
Y se vuelve a sentir delincuente por tener hambre.
La batalla cesa cuando la luz de Barcelona, cuando la luz blanca y añil del sari de una de las monjas se hace más clara.
Saca la monja una olla y un cazo para dar de comer y el último de la fila y tú y yo sabemos que tenemos hambre. Y también sabemos que tener hambre no es un delito.



