Antonio Agredano y el coche que tiene tatuado: "Un Seat Málaga en el costado izquierdo"
El cronista de Herrera en COPE habla de esos vehículos eternos con los que encariñaron nuestros Fósforos.

Coches viejos, por Antonio Agredano | Crónicas Perplejas
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Una furgoneta del 94 con la que recorrió Europa, un R12 ranchera o un Volkswagen 'escarabajo'... nuestros Fósforos nos hablan de esos coches que tuvieron durante muchos años y con los que Antonio Agredano da forma a sus Crónicas Perplejas.
COCHES VIEJOS
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Coches viejos, por Antonio Agredano | Crónicas Perplejas
Tengo un Seat Málaga tatuado en el costado izquierdo. Matrícula: CO, de Córdoba, 8460 P. Era blanco. Olía a pino. Tenía una pegatina de la Virgen de la Candelaria de Tenerife en la luna trasera. Lo heredé. Lo estrellé. Y ahí quedó, dibujado en tinta, en mi piel, como un recuerdo de otro tiempo, de viejas felicidades. La niñez es un balcón bajo el que desfilan ruidosamente las futuras decepciones.
No tengo coche. No conduzco, porque no me gusta. Me siento torpe al volante. Aparcar es una tragedia. No controlo las distancias ni soy precioso en las maniobras. Mis hijos me preguntan extrañados por qué todos los padres, porque todas las madres, tienen coche menos yo. No quiero confesarles mis miedos por precaución, no vaya a ser que los hereden. «Tengo una vespa», les digo. «Pero hay no cabemos los tres», me dicen. En El Cairo sí podríamos, pero aquí los policías son más exigentes.
A veces sueño que conduzco. Y que lo hago con solvencia, con placer, por una de esas carreteras sinuosas y costeras. Con un coche bonito, descapotado, con el viento en la cara y el olor a mar y rumbo a ninguna parte. A lo mejor no necesito un coche, sino tiempo, para poder recorrer Italia desde el tacón hasta casi Francia. En un FIAT, por ejemplo. Bebiendo vino. Desde el Aglianico del Vulture hasta el Barbaresco. No me fijo en las ciudades, sólo en las denominaciones de origen. Mi ruta la marcan el paladar y las plácidas siestas.
Cómo me gustaba aquel Seat Málaga que nos llevó a Toledo y a Cáceres y muchas veces a Sevilla y también a Málaga. Con canciones de Roberto Carlos en el casete. Con camisetas colgadas en las ventanas para darnos sombra. Sin aire acondicionado. La espalda empapada tras los sueños breves. «¿Cuánto queda?», preguntado con insistencia. «Ya mismo llegamos», decía mi padre.
Y aún no hemos llegado. Porque la vida sigue en esa carretera infinita que son los días. Con sus penas y sus celebraciones. Y su memoria; como la de aquel coche. Como la de aquel tiempo. El ruido de las chicharras y el paisaje vasto y amarillo de la infancia pasando fugaz a nuestro lado.



