4ª SEÑOR DE LOS CRISTALES

Rincón, Castella y Pérez triunfan en festival taurino de la Feria de Cali

El colombiano cortó una oreja y recibió el cariño del público. El diestro galo y el joven salmantino pasearon dos orejas cada uno.

César Rincón, durante su actuación en el festival de la feria de Cali

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César Rincón, durante su actuación en el festival de la feria de Cali

Agencia EFE

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Víctor Diusabá Rojas

El festival taurino, eje de la programación de la 68 Feria de Cali, rindió homenaje este lunes a Cesar Rincón, quien volvió a lidiar en este ruedo, donde inició su carrera como novillero sin caballos en 1977.

Y Rincón, con su actuación en los dos ejemplares que le correspondieron, dijo mucho más que gracias, tanto a la historia de la plaza como a quienes asistieron a verle.

Eso, desde el principio hasta el fin. Para comenzar, con esas tres verónicas de recibo al primero del festejo que sirvieron para devolver la película de una vida, la suya.

El mando y el temple son eternos, dijo con ellas el maestro colombiano ante un novillo manso y suelto al que dictó capítulos y versículos de su tauromaquia para someterlo en un par de tandas jaleadas por los tendidos. Espada atravesada y, luego, entera. Oreja a ley.

Vino luego Sebastián Castella, quien encontró en el inicial suyo una réplica del que abrió el festejo. Luego de seguirlo por terrenos de la indignidad, el torero de Béziers consiguió meterlo en la muleta y sacarle provecho con toreo de manos bajas. Espada trasera, dos orejas.

El tercero también acusó el defecto de andar suelto hasta que Marco Pérez , con firmeza y mucho sitio, lo metió en la canasta para deleitar a los asistentes con toreo tan fino como hondo. Pinchazo y espada delantera. Oreja.

Después de ligar con el capote al cuarto de la noche, César Rincón brindó la lidia y muerte a Ricardo Santana, el banderillero que se recupera de la cogida sufrida en la pasada Feria de Manizales.

Y en la muleta, el maestro siguió por la misma senda, la del toreo clásico y de respeto a sus fundamentos. Por momentos, y hasta donde alcanzó lo que llevaba en su fondo de bravura, el novillo de Caicedo hizo que los logros fueran más importantes. Luego, se rajó, pero la obra ya estaba hecha. Espada tendida.

Sebastián Castella consiguió ponerse por encima de un toro que exigió, con un defecto notable; quedarse abajo, en procura de dar con las zapatillas de su lidiador. El oficio pudo más y la emoción no faltó.

Marco Pérez cerró el festival ante un novillo con más movilidad que calidad. De nuevo, el salmantino estuvo por encima de los desafíos planteados por su enemigo. Oreja.

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