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Ted Bundy: un psicópata arrebatador, traumatizado por la mentira que le contó su madre

El conocido asesino de 36 mujeres desarrolló un odio hacia el sexo opuesto tras la traumática experiencia que vivió durante su juventud

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Paco Delgado
@Delgado_LPaco

Redactor de COPE y director de 'Hollywood Land'

Tiempo de lectura: 6'Actualizado 11:57

En enero de 1974 Ted Bundy entró por la fuerza en el cuarto de la residencia universitaria de Joni Lenz. La joven, de 18 años, estaba pasando el rato en la habitación, ajena a lo que podía esperarle al otro lado de la puerta. Ted entró con una palanca, golpeó a Joni en la cabeza con una palanca, la ató y, conuna de las patas de la cama, la violó antes de marcharse y dejarla con vida. La estudiante quedó con vida pero gravemente malherida y con lesiones cerebrales de por vida. El de Joni Lenz solo fue el primer ataque de aquel aciago 1974 en el que Bundy comenzó un reguero de asesinatos, todos con el mismo modus operandi.

Desde el 31 de enero le tocó el turno a Lynda Ann, de 21 años. De la misma forma que con Lenz, Bundy se coló en su habitación de la universidad y realizó la misma rutina: le golpeó la cabeza con un objeto contundente pero, en esta ocasión, se llevó su cuerpo a escondidas. Su cuerpo no apareció hasta un año después. Durante el resto del año atacó también a Carol Valenzuela, Donna Manson, Susan Rancourt, Roberta Parks, Brenda Ball, Georgann Hawkins y Janice Ott. Todas ellas tenían entre 18 y 22 años, y en diferentes zonas de Estados Unidos como Washington, Seattle o incluso en Vancouver (Canadá).

Lynda Ann, la primera víctima mortal de Ted Bundy, asesinada en enero de 1974

Lynda Ann, la primera víctima mortal de Ted Bundy, asesinada en enero de 1974

Los crímenes adquirieron un modo de proceder diferente al allanamiento de habitaciones. Bundy se volvió más sofisticado a la hora de abordar a las mujeres y descartó entrar en los edificios del campus, donde podían reconocerle. Según las descripciones con las que trabajaban los investigadores, junto a las jóvenes algunos testigos habían podido ver a un hombre, en todos los casos con el mismo modelo de Volkswagen y con un cabestrillo o escayola en el brazo.

Al terminar el verano se mudó hasta Midvale, en el estado de Utah, donde asesinó a otras cuatro mujeres. Se presentaba con libros bajo el brazo, como un hombre agradable, encantador y simpático, que les pedía ayuda en la mayoría de los casos para cargar más material de lectura en el vehículo. Bundy se cambiaba constantemente de aspecto para despistar a la policía: un nuevo peinado, barba, un afeitado pulcro o un bigote pintoresco. Allí, se matriculó en la Universidad de Utah por la Facultad de Derecho.

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Bundy volvió a mudarse de nuevo a varias ciudades, entre ellas varios municipios de Colorado, donde continuó con los asesinatos hasta 1975. Siempre el mismo prototipo en las víctimas: una mujer joven a la que pudiese seducir con su galantería y físico. Siempre la imagen de un hombre encantador. Un lobo con piel de cordero que escondía más que maldad: un trauma que sufrió en su adolescencia, una mentira de su propia madre que le produjo un odio hacia las mujeres enfermizo.

Un maníaco-depresivo o un psicópata

Sádico, necrófilo, carente de sentimiento de culpa y con la necesidad de hacer daño a otros para obtener placer sexual”, así le describían varios psicólogos desde que fuese capturado en 1975 hasta que fue ejecutado en la silla eléctrica en 1989. Los primeros análisis realizados en 1986 establecieron que el caso de Bundy era el de un maníaco-depresivo, lo que quiere decir que cometía la mayoría de asaltos en plena crisis depresiva, algo que podría haber heredado de su abuela, que ingresaba constantemente en centros especializados.

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El propio Ted no estaba exento de manías y fobias. Como él mismo reconoció, sentía una fuerte obsesión fetichista hacia los pies, hasta el punto de que, durante el tiempo en el que se ocultó en Florida en 1978 tras fugarse de la cárcel, usó varias tarjetas de crédito robadas para comprar hasta un total de 30 pares de calcetines.

No obstante, la doctora Dorothy Lewis, la psiquiatra de la Universidad de Yale que trató a Bundy en 1986 cambió su parecer sobre su condición psicológica y pasó de considerarlo un maníaco-depresivo a directamente un psicópata. Ted tenía una fijación clara y obsesiva con un perfil de mujer, joven y estudiante. Un perfil que obedece a dos traumas fundamentales en su vida, el primero de ellos con las mentiras de su madre, el otro: Stephanie Brooks.

Las mujeres de Ted Bundy

Existen al menos cuatro mujeres cruciales en el nacimiento del asesino en serie Ted Bundy y su posterior captura. La más conocida por los medios de comunicación y el público actual es Meg Anders que, bajo el pseudónimo de Elizabeth Kendall, escribió un libro sobre su relación durante años con el psicópata que ha quedado reflejado en la película reciente de Netflix “Extremadamente cruel, malvado y perverso”.

Elizabeth Kendall, en un fotograma de un documental reciente sobre el asesino en serie

Elizabeth Kendall, en un fotograma de un documental reciente sobre el asesino en serie

Se trataba de una divorciada, madre soltera de un hija pequeña, con la que Bundy permaneció varios años mientras viajaba asesinando chicas por la parte central o oeste de Estados Unidos. Anders no solo aportó detalles de su relación durante todo el proceso judicial, sino que brindó detalles sobre el comportamiento de su ex novio que ayudaron a los psiquiatras a trazar un perfil psicológico y criminar: en varias ocasiones, mientras mantenían relaciones sexuales, le pedía que se mantuviese completamente quieta. Según la mujer, 'hacerse la muerta' “era la única forma de que Bundy consiguiese culminar el orgasmo”.

Precisamente de Anders deriva otra de las mujeres claves en su vida y que fue una pieza clave para su captura: una amiga de Anders le reconoció en uno de los retratos robots de la policía tras los crímenes de Utah. Entonces, la propia Meg se dio cuenta de que tanto el Volkswagen como las muletas y cabestrillos con los que habían identificado a su novio formaban parte de la decoración de la casa.

Elizabeth Kendall, su hija Molly y Ted en un día de piscina

Elizabeth Kendall, su hija Molly y Ted jugando durante un día de piscina

Carlos DaRonch y Stephanie Brooks

Importante también para la captura de Bundy fue Carol DaRonch, la dependienta de una librería a la que Bundy intentó atraer hasta su coche haciéndose pasar por policía y con la excusa de que acababan de robarle. No obstante, DaRonch formó parte de los objetivos de Bundy posteriores a su detención en agosto de 1974. El que fuera un auténtico seductor que embaucaba a sus víctimas antes de sorprenderlas con un golpe fatal, ahora era un psicópata errático, que asaltaba a las jóvenes a plena luz del día y sin control ninguno.

Por ello, no es de extrañar que DaRonch se revolviese y forcejease con él antes de entrar en el coche. Le golpeó en la entrepierna y salió corriendo, convirtiéndose así en una de las pocas superviviente a los asaltos de Bundy entre el 74 y el 75. Gracias a su testimonio, nueve meses después la policía pudo relacionar las esposas, piqueta, media y pasamontañas localizados en el coche del asesino.

Stephanie Brooks (pseudónimo), el primer gran amor de Bundy

Stephanie Brooks (pseudónimo), el primer gran amor de Bundy

Pero si hay que destacar el papel de alguna de las mujeres en la vida de Bundy al margen de su familia fue Stephanie Brooks, su novia de juventud. Ambos comienzan una relación en 1967, cuando Ted tiene apenas 21 años, pero hay una diferencia clara entre ambos: mientras ella, de buena familia, está estudiando la carrera de Derecho, él es un joven sin objetivos a largo plazo en la vida, que combina sus obsesiones y traumas con una actitud de improvisación ante la vida. Brooks termina rompiendo con él, lo que le despierta una obsesión por ella que canalizaba a través de cartas desesperadas.

Como si de una comedia americana sobre superación se tratase, Bundy cogió el toro por los cuernos y comenzó a solicitar el acceso en universidades de derecho, inició una fugaz carrera política en el Partido Republicano, empezó a salir con Anders, incluso fue condecorado por la policía de Seattle al salvar a un niño de morir ahogado. Todo iba sobre ruedas hasta que se reencuentra con Brooks en 1973, momento en el que retoman la relación al menos durante seis meses hasta que, contra todo pronóstico, es Bundy quien pone tierra de por medio y desaparece para dar inicio a una de las carreras criminales más sangrientas de los Estados Unidos.

Fotograma de Extremadamente cruel, malvado y perverso, de Netflix

Fotograma de 'Extremadamente cruel, malvado y perverso', en la que Zak Effron interpreta a Ted Bundy / Netflix

El secreto que le reveló su madre

En palabras del propio Ted Bundy, no tuvo precisamente una infancia común. Su tía Julia cuenta que cuando el pequeño tenía solo tres años, se despertó de la siesta y lo encontró a los pies de la cama sonriendo. Ella estaba rodeada de cuchillos.

Entre otros temas espinosos en la casa, según Bundy, estaba su abuelo materno. Samuel Cowell era descrito como un racista contra todo tipo de etnias y razas, desde negros a judíos, italianos o católicos. Un hombre violento, cargado de rabia y que lo pagaba con las mascotas de los vecinos. Además, Ted contaba que Samuel era uno de los motivos de su temprana obsesión con las mujeres: coleccionaba pornografía que el joven leía a escondidas con su primo.

Imagen de archivo de la infancia de Ted Bundy

Imagen de archivo de la infancia de Ted Bundy

Pero el mayor catalizador de la conducta de Bundy fue el secreto que no le contaría su madre hasta que fue un adolescente: su padre era un militar de la fuerza aérea que abandonó a su joven madre. Nadie hablaba de él en casa, era tema tabú. Por ello, los abuelos de Ted decidieron criarle como si ellos fuesen los padres biológicos y haciéndole creer que su madre, en realidad, era su hermana. Así convivieron durante más de una década, originándole un tremendo resentimiento durante toda su vida hacia las mujeres de la misma edad que tenía su madre cuando le concibió.

De hecho, Louise Cowell, que volvió a casarse años después, provocó el llanto de su hijo cuando, en 1979, tuvo que subir al estrado en Florida para declarar en el juicio contra Ted por los asesinatos de 30 mujeres. Bundy gastó su última llamada en hablar con su madre, el día antes de ser ejecutado.

Luoise Cowell, madre de Bundy, junto a su hijo en la playa y junto a Carole Boone, esposa de Ted

Luoise Cowell, madre de Bundy, junto a su hijo en la playa y junto a Carole Boone, esposa de Ted

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