Madrid - Publicado el - Actualizado
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Queda mucho por ver todavía las consecuencias del fallido golpe de Estado en Turquía el pasado 15 de julio. Además de la vasta “purga” emprendida en el Ejército y en los más diversos sectores, especialmente el militar y el judicial pasando por el cierre de numerosos medios de comunicación, el presidente Erdogán ha afianzado su poder más allá de lo que podía permitirle la vía democrática. Lo que más inquietante resulta es la pretensión del presidente de restaurar la pena de muerte a pesar de que tal medida implicaría una inmediata suspensión de las difíciles negociaciones con Europa y sus implicaciones sobre la crisis migratoriasirio-iraquí. Para ello se ha buscado, de manera expresa, la complicidad de la población, cada vez más islamizada, como su vio el pasado domingo en la multitudinaria manifestación que organizó su partido para mostrarle su apoyo.No parecen existir dudas de que la debilitada oposición parlamentaria terminará por aceptar no solo la vuelta a la pena capital sino de cuantas reformas pretenda imponer en la Constitución el reforzado presidente de la República para eliminar de una vez a sus adversarios políticos y, al mismo tiempo, la tutela que el Ejército ejercía sobre la laicidad del Estado. En síntesis, lo que Erdogán pretende según todas las apariencias, es recuperar para sí el poder absoluto que ejercían los sultanes turcos durante la larga época del califato otomano, sin que parezca importarle demasiado la negociación con Europa, de la que ya empieza a despegarse tras la normalización de sus relaciones con la Rusia de Putin. No parece, sin embargo, que Erdogán trate de distanciarse de la OTAN, ni de la lucha contra el terrorismo de sus vecinos del Estado islámico, pero sí está claro que no desea permanecer ajeno a la disputa sobre la hegemonía regional que mantienen Arabia Saudita e Irán. En todo caso, hay que estar preparados ante las sorpresas que todavía puede deparar a Europa la evidente deriva totalitaria del presidente islamista.



