Tony Rodríguez, albañil: "Si un oficial con experiencia, que lo dejas en la obra y no hay que hacer nada, me pide 2.500 o 2.800 euros, se los doy porque los vale"
Tony se dedica a la construcción desde hace años y en el podcast Sector Oficios denuncia que el relevo generacional es uno de los grandes quebraderos de cabeza del sector

Captura de pantalla de Tony en el podcast Sector Oficios
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El relevo generacional sigue siendo uno de los grandes quebraderos de cabeza del sector de la construcción. Faltan manos, faltan jóvenes y, sobre todo, falta un sistema que permita aprender un oficio sin que ni el trabajador ni la empresa salgan perdiendo. De eso ha hablado Tony, obrero, en una entrevista en el podcast Sector Oficios, donde ha puesto palabras a una realidad que se repite en muchas obras de España.
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Tony lo tiene claro: el problema no es solo que los jóvenes no quieran entrar, sino que el camino hasta hacerse un hueco es largo y muy duro. Él mismo reconoce que "la albañilería, probablemente, los dos primeros años, tres incluso, o mucho más, es dura. Es muy dura hasta que te haces tu hueco. Es muy sacrificada". Y aun así, matiza que la falta de relevo no es exclusiva de este sector, porque "no hay relevo tampoco en el resto de oficios".
El coste de enseñar un oficio
Uno de los grandes obstáculos, explica, está en el sueldo y en el coste real de formar a alguien desde cero. Tony detalla que meter a un joven sin experiencia supone un esfuerzo económico y de tiempo que muchas empresas no pueden asumir. "Meter a un joven sin experiencia, que no ha estado nunca en una obra, te cuesta enseñarlo", explica, y por eso cree que "tendrían que poner facilidades a las empresas para contratar a un joven y poder enseñarlo".
Según cuenta, hoy en día contratar a un peón implica pagar "1.200 o 1.300 euros", a lo que hay que sumar seguros y otros costes. Y no solo eso: durante ese tiempo el profesional pierde horas productivas explicando cómo se hace el trabajo, corrigiendo errores y supervisando. En ese proceso, insiste, "deberían tener en cuenta eso, alguna ayuda".
Además, el inicio para los más jóvenes no es fácil. Tony explica que cuando llega un chaval nuevo "se va a comer lo que no quiere hacer nadie: cargar sacos, lo más duro". Por eso defiende un modelo en el que se apoye tanto al trabajador como a la empresa, porque "si a la empresa le hacen pagarle más al tío, al final no salen las cuentas".
Cuando se le pregunta por los sueldos de un profesional cualificado, Tony no duda. A un oficial con experiencia, "un hombre que lo dejes en la obra y no tengas que tocar nada", asegura que podría pagarle "2.500 o 2.800 euros", porque "los vale”. Para él, la clave está en la actitud y en saber hacer el trabajo sin generar problemas.
Aun así, reconoce que muchas veces prefiere ir por libre: "Prefiero sacármelo por mi cuenta". Ganar más o menos pasa a un segundo plano frente a algo que considera esencial y apunta que "lo importante es que donde estés, estés a gusto".

Varios trabajadores en una obra en el centro de València
ENSEÑANDO EL OFICIO A SU HIJA
Más allá de lo que cuenta Tony, su hija Saray es testigo de ese relevo. O, al menos, durante un tiempo. Saray no llegó al oficio por tradición romántica ni por rebeldía, sino por cansancio y por certeza. Estaba trabajando en un bar, y aunque se sentía cómoda y bien tratada, el ritmo era duro, muy sacrificado, y empezó a preguntarse si eso era lo que quería para su vida. Lo pensó durante un tiempo y un día se lo dijo a su padre sin rodeos: "Papi, ¿y si me voy contigo?". No fue una huida, fue una elección. "Más a gusto que contigo no voy a estar en ningún sitio", recuerda.
El cambio no fue fácil. Entrar en la obra significó aprender a callarse, a no discutir, a recibir órdenes. Reconoce que le cuesta, pero también que forma parte del aprendizaje. "Me cuesta, pero bien", dice, sin dramatizar. Sabe que está aprendiendo algo que no se aprende en un aula.
Saray terminó la ESO y el Bachillerato con la idea clara de seguir estudiando. Quería hacer un grado superior, especialmente de Educación Infantil, porque siempre le han gustado los niños. Lo intentó, pero no la cogieron. Se quedó en lista de espera. Volvió a intentarlo con otro grado y tampoco hubo plaza. Mientras tanto, se sacó el carné y empezó a ir días sueltos con su padre. No era algo totalmente ajeno: es lo que ha visto en casa desde pequeña.

Imagen de recurso de una mujer trabajando
Después vino el bar, seis meses más, hasta que tomó la decisión de salir de ahí y tomó la decisión definitiva de dejarlo e irse con su padre. En cualquier caso, Saray no renunció a estudiar. En septiembre empezó un grado de Administración y Finanzas online, desde casa. Eso le da tranquilidad, una sensación de futuro abierto.
Hoy Saray está contenta. Lo dice sin necesidad de justificarse. Mucha gente se lo pregunta: "¿Pero de verdad te gusta?". Y ella siempre responde lo mismo, con una convicción tranquila: "Sí, de verdad", admite.




