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La laicidad: ¿una nueva religión?

El periodista y sacerdote Josetxo Vera reflexiona en 'Siempre aprendiendo' sobre el tema de la laicidad

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Josetxo Vera
Twitter Josetxo Vera

Tiempo de lectura: 4'Actualizado 14:35

Me encontré hace unos días con una carta que se titulaba “La laicidad: religión de la libertad” y pensé que era necesario hacer un podcast. ¿De qué va esto de la laicidad? De los que confunden laicidad y estado laico, de los que nos imponen una religión a los que ya tenemos una religión con la que estamos muy felices.

Es fácil encontrarse con frases que todo el mundo acepta. Incluso hay frases de la Biblia que te las encuentras en políticos que no han leído nunca el Evangelio y te citan la Biblia sin saber muy bien cómo va. Una frase que todo el mundo acepta y que se usa en público muchas veces, pero se utiliza solamente en una dirección es “Al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”.

Esta frase solamente se utiliza en una dirección, cuando quieren decir que la Iglesia no puede entrar a colaborar en la ordenación del bien común, de la sociedad, de la organización de las personas. Y luego te encuentras con gente que cita mucha esta frase, y luego hace lo contrario.

¿Qué significa esta frase? La Iglesia tiene un compromiso real y visible de pedir a Dios por las personas que gobiernan para que les ayude y sepan acertar en sus decisiones. Son ámbitos distintos que exigen un respeto mutuo, una positiva consideración del servicio al bien común que hace el Gobierno. Pero merece una positiva consideración el servicio al bien común que hace la Iglesia o las otras religiones que agradecen y encomienda a los gobernantes para que acierten y merece su reconocimiento.

¿No es nuestra sociedad más humana gracias a la Iglesia? ¿No hace una grandísima aportación con la educación, con la asistencia a los necesitados, con los comedores sociales, con el patrimonio puesto al servicio de todos? La Iglesia con sus opiniones contribuye a manifestar un modelo de ser persona, que es el de Jesucristo, un modelo valioso a tener en cuenta.

También es verdad que los que somos parte de la Iglesia a veces no damos buen testimonio de lo que Jesucristo dice, pero ¿el modelo de ser persona de Jesús es rechazable? ¿No sería más justa una sociedad que viviera un modelo de ser persona como es el de Jesús? Desde luego, de punto de partida, no sería peor. Hay un terreno que puede organizar legítimamente la Iglesia, las confesiones religiones, según su entendimiento del bien común.

Entonces, en este contexto, surge lo que se llama una nueva religión que además es la religión de la liberta que es la laicidad. Se presenta como algo indispensable para la democracia, supone el antídoto al monismo de valores, a la superioridad moral que inevitablemente deviene en fanatismo.

El ámbito público es el ámbito de todos, del pueblo, y la política no puede gobernar como propiedad privada el ámbito de lo público. ¿Es posible lo que llaman una moderna separación entre ética pública y privada? ¿Puede una mala persona ser un buen gobernante?

Una vez que se acepta esa separación de lo público y de lo privado, la laicidad se convierte en la religión pública. Y allí tiene una pretensión de exclusividad. La laicidad es una religión, con sus dogmas, sus sacerdotes, sus sacramentos, sus celebraciones, donde no cabe otra religión. Los dogmas los tienes que asumir para poder moverte en público.

Sin embargo, los que ya tenemos nuestra religión, en el ámbito publico no imponemos ninguna religión, no nos hace falta que la genta crea lo que nosotros creemos. Cuando se crea esta religión de lo publico se hace con esta pretensión de exclusividad. La llegada del Estado laico no hace posible la capacidad de elegir. Eso ya existía en España hace años, la gente ya tenía capacidad de ser cada uno lo que quisiera ser y había una autonomía moral. El Estado laico lo que propone es la desaparición de la vida pública de las confesiones religiosas.

También por ejemplo es de hace unos cuantos siglos el principio de tolerancia. Hoy completada por las ideas de igualdad y de respeto mutuo. Con poco empeño estas ideas de tolerancia las encontramos en el Evangelio de Jesucristo. Desde hace muchos siglos las personas eligen su forma de vivir.

No nos ha traído la laicidad esa libertad de elegir nuestra forma de vida. También como supuesta novedad la laicidad nos trae el poder participar en igualdad de condiciones en la vida pública y social como auténticos ciudadanos. Pero esto no es una novedad, ya hace tiempo que en España la gente participa en igualdad de condiciones.

Otro dogma de la laicidad es “el reconocimiento a todos los seres humanos de la capacidad de pensar y decidir por sí mismos, sin andaderas y paternalismos justificados”. También aquí nos encontramos con Jesucristo. Me da la impresión que esta definición de la religión de la libertad es una ensaladilla rusa de cosas que ya están en la vida cristiana y en la vida de tantas confesiones. No hay tanta novedad, pero simplemente crean un modo de vida sin Dios.

No está mal si la laicidad reconoce también a los hombres la capacidad de pensar, pero no podemos olvidar que ha habido mucho pensamiento valioso antes de la laicidad. El pensamiento religioso impulsó también mucho conocimiento antes de la laicidad. La capacidad de pensar no la ha traído la laicidad, en muchos casos ha tenido su origen un germen religioso.

Hay una profundísima tradición de servicio al bien común que lo han aportado las religiones a través de los siglos. No estoy seguro de que la laicidad sea una religión del espacio público que nos haga más libres. Me atrevo a proponer una declaración sobre la libertad religiosa: "Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión. Ese derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la liberta de manifestar su religión y su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia".

Esta es la laicidad que yo quiero, esta es la libertad religiosa que yo quiero, este es el artículo 18 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Los derechos de todos ya hablan de la libertad religiosa, está muy bien definido.

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