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Sin horror ni clamor

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José Luis Restán
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Director Editorial COPE

Tiempo de lectura: 2'Actualizado 14:09

Sucede continuamente, como un trágico goteo de sangre en medio del silencio y la indiferencia del mundo. En Burkina Faso, un país del África subsahariana, los cristianos son acosados y asesinados. Hace pocos días un joven seminarista, Edouard Yougbare, fue secuestrado y asesinado al este del país. Semanas atrás le sucedió lo mismo a otro catequista mientras dirigía un momento de oración en una capilla, y en febrero, un atentado provocó la muerte de una veintena de fieles mientras participaban en la eucaristía en la diócesis de Dori. Hay zonas del país controladas por los islamistas radicales donde la vida de los cristianos es un calvario, pero en las que supuestamente controla el gobierno tampoco están a salvo. A veces reciben el ultimátum de abandonar sus hogares, en otros casos se les prohíbe reunirse en las iglesias o recibir el catecismo. Por eso muchos cristianos abandonan sus aldeas rumbo a las ciudades, donde esperan encontrar algo de protección. Muchas parroquias han tenido que cerrar, lo mismo que treinta escuelas católicas, aunque eran ejemplos de armonía entre comunidades y muchas familias musulmanas confiaban a sus hijos al cuidado de esas instituciones dirigidas por la Iglesia.

Burkina Faso significa “Tierra de la gente honesta”, pero hoy es, para los cristianos, tierra de martirio. Y a pesar de eso, dice el obispo Justin Kientega, ninguno de ellos ha cedido ante las exigencias de los terroristas de abrazar el islam, mientras la Iglesia tiene que reinventar sus estructuras continuamente: “muchos aceptan la posibilidad de la muerte, se niegan a quitarse la cruz y se niegan a convertirse, encuentran otras maneras de vivir su fe y de orar, diría que, incluso, la fe ha crecido”.

Impresiona que todo esto suceda sin suscitar horror ni clamor, ni en la gran prensa ni entre los gobiernos europeos, sin provocar debates ni tomas de posición entre los articulistas, y tampoco demasiada conmoción en nuestras comunidades cristianas. Creo que Édouard y sus compañeros merecen nuestra gratitud y nuestro grito.


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