El misterio de Pedro

La firma de José Luis Restán: El misterio de Pedro
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Un año más las escenas de la Pascua que nos va proponiendo la Iglesia en estos días nos llevan a la figura de Pedro y nos presentan su diálogo con Jesús resucitado. Podemos imaginar la mezcla de humillación y de alegría de aquel hombre rudo, sencillo y apasionado, que había confiado más de la cuenta en sus propias fuerzas y había mordido el polvo traicionando a su Maestro. Ahora lo tenía delante nuevamente, y seguro que recordó las palabras misteriosas durante la última cena: “mira que Satanás os ha reclamado para cribaros como trigo, pero yo he pedido por ti, para que tu fe no se apague; y tú, cuando te hayas convertido, confirma a tus hermanos”.
Efectivamente, tras haber traicionado por miedo a Jesús, la fe de Pedro no se apagó, como demuestran sus lágrimas amargas y su regreso a la comunidad de los apóstoles. La conversión que le anunciaba Jesús consistió precisamente en entender que su única riqueza, su única seguridad, su única fuerza y felicidad radicaban en su relación con Cristo. Es eso lo que “capacita” a Pedro, si podemos decirlo así, para confirmar en la fe a sus hermanos. Allí, junto al lago, Jesús le pregunta si le amaba más que los otros, incluido aquel que estuvo al pie de la cruz junto a su madre y que no le había negado. ¿Qué podía decir Pedro, ante semejante pregunta, a la vista de su hoja de servicios?
Pero precisamente en esta ausencia de méritos propios, en esta pobreza reconocida por Pedro, se abre la gran posibilidad: ya no volverá a pavonearse, ahora sabe que necesita de Cristo para todo, y que también necesita a los hermanos, a Juan, a Andrés, a la Magdalena, más tarde a Pablo. Quizás sea este el secreto de la misión de Pedro y de sus sucesores a lo largo de la historia. No son sus méritos ni su capacidad los que justifican las sandalias del pescador que calzan, sino su absoluta apertura al don de Cristo resucitado: “Señor tú sabes que te quiero”. La certeza de que sin Él no conseguirían nada, y la conciencia de que su misión consiste precisamente en confesar humilde e integralmente la fe.



