La Foto: "Las devastaciones no le detienen en casa, como si tuviera dentro un espíritu que le pide cosas"
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La Foto: "Las devastaciones no le detienen en casa, como si tuviera dentro un espíritu que le pide cosas"
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La foto que me ha llamado la atención hoy llega de una provincia en el norte de Siria. En la falda de un monte un labrador rotula la tierra. Al fondo un cielo atravesado por dos grandes rayas de un lila vaporoso. El valle no se ve, está cubierto por un mar de nubes densas, apretadas, blanquísimas. El mundo flota entre alientos irreales y espesos. En la ladera, escarpada, se aferran al suelo tres higueras flacas que no acaban de desnudarse. Las higueras pudorosas han crecido en una tierra empedrada como una calle romana. Y es en ese suelo en el que el paisano agarra un arado elemental. Un timón de madera, una reja única, una boca en punta sin refuerzo. Y nada más. Tira del apero un caballo de canela, un caballo de color alazán, más o menos rojo, más o menos rubio con mataduras en los corvejones, en la espalda, en la cruz, en la grupa. El pelo del viejo rocín trasquilado, las costillas a la vista, las energías flacas. El paisano, como todo los que trabajan la tierra vive en una perpetua inquietud y zozobra, pensando en las malas cosechas, en el agua que no llega o desborda. El caballo tropieza, el suelo está sembrado de cantos. Y el paisano, todos los días, a las cuatro de la tarde se dice a sí mismo que es inútil esperar de un campo así nada, y se va a casa triste y melancólico, rendido. Pero al día siguiente, cuando amanece, la vida medra. Y el paisano se levanta con ganas de volver a coger el arado, como si alguien le hubiese prometido algo, las devastaciones sufridas no le detienen en casa, como si tuviera dentro un espíritu que le pide cosas, que no puede lograr, pero se empeña en esperar.



