
Madrid - Publicado el - Actualizado
2 min lectura
La foto que me ha llamado la atención la he visto hoy trasteando en la obra de Martin Parr, que expone en Valencia. Martin Parr es un fotógrafo que lleva cincuenta años retratando a la gente, le encanta veranear en Benidorm. La foto que me ha llamado la atención está tomada en una playa limpia, urbana, tachonada con unos toldos azules. Las olitas que se ven al fondo de la imagen son mansísimas, rompe el mar con una risa modesta y dócil. Hay paseantes que van y vienen sobre la zona mojada de la arena, señoras mayores a las que les parece muy temprano para quitarse el bermudas y la camiseta. En primer plano, un padre con un bañador de muchos colores yace tumbado boca arriba. Está el veraneante con las piernas y los brazos muy abiertos, muy concentrado en recibir todo el sol de la mañana en la cara. Está el veraneante entregado, todo su cuerpo entregado, al relajo, al disfrute de las olas que le mojan los pies, al sonido de la espuma blanca que caracolea. El veraneante sobre tu tripa tiene a una hija, una niña con traje de baño verde que le imita en la postura, también ella abre las piernas, también ella, con los ojos cerrados, está muy concentrada en que su piel se tueste, sus oídos se dejen mecer y regalar por la nana que entona el Mediterráneo. Y da gusto ver así al padre y la hija, sin miedo a naufragio alguno, sin más esfuerzo que el de abandonarse a un sol que está a la precisa distancia para no convertir el planeta en un infierno o en un desierto helado. Todo, tierra, cielo, agua, luz, todo está en el sitio adecuado para que padre e hija puedan abandonarse, rendirse, descansar. Había infinitas probabilidades en los infinitos universos posibles para que el mundo y la playa fueran diferentes, para que no hubiera ni mundo ni playa. Y de las infinitas probabilidades, mira por donde, por que será, playa, arena y agua tienen la forma precisa para que padre e hija puedan abandonarse.



