
Madrid - Publicado el - Actualizado
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La foto que me ha llamado hoy la atención es de Masats, Ramón Masats, el hombre que retrató en blanco y negro la España de los 50 y de los 60. En Masats, del que ahora hay una exposición en Tabacalera, es más fuerte la mirada que los postulados. La foto que me ha llamado la atención retrata a cuatro pastores, cuatro pastores envueltos en grandes mantas de cuadros con la que se cubren hasta la cabeza. Intentan ahuyentar el frío que no ha matado una hoguera mortecina de mala leña, el frío de estar semanas fuera de casa, el frío que da roer mendrugos con poco queso. El más menudo parece tiritar. De fondo se ven unos alcores castellanos, alcores pelados de la meseta, alcores de una tierra dura, ingrata y pobre, sin sombra a la que acogerse. Más cerca, un campo de trigo ralo y seco. Y aunque no se vean en la foto, se oyen las esquilas de las merinas, suenan los cencerros convocado a unas vísperas a las que no acude ni el viento. Tienen los cuatro pastores la piel curtida como si llevasen siglos segando. Pero lo primero y lo último que se mira en esta foto de los años 50 es la sonrisa de los pastores, a uno hasta se le ven los dientes, los tiene todos. Son cuatro sonrisas que parecen de niños, sonrisa de niños en caras de hombres. Sonrisa amanecida después de haberse reencontrado, cada uno andaba por su lado buscando pasturas. Se han dicho pocas palabras al volverse a ver, porque a los cuatro pastores el silencio se les ha convertido en costumbre, en hábito que llevan por dentro. Pero al verse les ha amanecido una sonrisa de niños. Solos parecían, pero solos no estaban.



