
Madrid - Publicado el - Actualizado
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La foto que me ha llamado la atención la he visto hoy en el catalogo de una exposición que ha organizado la Fundación Mapfre en Barcelona. La exposición está dedicada a un gran fotógrafo del siglo XX que nació en Viena y se instaló en Londres antes de la II Guerra Mundial. La imagen, aérea, retrata en blanco y negro una calle de un suburbio industrial de la ciudad. Los edificios a los dos lados de la calle están oscuros, no se distinguen bien los unos de los otros, no se distinguen las formas, no se aprecia dónde acaban las ventanas y empiezan los muros, son dos moles compactas, altas, muros de sombra. A la derecha tres chimeneas exentas que se levantan desde el suelo hasta un cielo blanco, neblinoso, cerrado. La primera despide un humo negro, como un lazo ascendente y tenebroso. La segunda chimenea no fuma y la tercera se convierte en un espectro entre la bruma. La mitad de la calle, que está en cuesta, la ocupa una calzada húmeda y la otra mitad, separada por un murete, dos vías de un tren. Dos faroles sobre la acera, impotentes son incapaces de arrojar algo de luz. Ni siquiera lo intentan. Pero esos faroles, sin que nadie los vea, sonríen porque cinco chiquillos bajan por la cuesta jugando. No se les ven las caras, pero sí se ve el agitarse de sus brazos y los alegres chillidos de quien está contento, de quien está alegre, de quien lo espera todo. Ahí está la luz, en las voces de los chiquillos que se quedan en un discreto soplo en la inmensidad de la ciudad oscura.



