
Madrid - Publicado el - Actualizado
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La foto que me ha llamado la atención la he visto en el catálogo de la exposición que el Instituto Fotográfico de Cataluña dedica estos días a Joan Guerrero, un fotoperiodista catalán y andaluz. Guerrero retrata la vida, la vida cotidiana cuando rompe las piernas y cuando está llena de una grandeza discreta. La imagen, en blanco y negro, está tomada al borde del mar, quizá de una marisma. El agua en calma. Y en la orilla una barca muy marinera, muy bregada, eso sí, vieja y pequeña. La madera de las tablas, en la encarnadura, con la pintura desconchada. Acaban de bajar del bote dos hombres y los pasos de uno de ellos sobre el agua levantan rizos blancos. Lleva el pescador colgando de cada mano dos cubos y sobre los hombros carga el peso del cuerpo del segundo pescador. Tiene este segundo pescador las piernas inútiles y le cuelgan como muertas. Las manos sí, las manos sí las puede usar y lleva en ella dos grandes remos que caen hasta el agua. Tiene fuerza el primer pescador para cargar con el segundo pescador. Tiene fuerza de espíritu el segundo pescador para dejarse llevar así, invalido como está. La escena transcurre en silencio. Ni uno ni otro maldicen ni levantan la garganta para quejarse. Está el agua del mar o de la marisma serena, como el ánima de los dos pescadores, sin ese ajetreo de quien se agita en la desgracia y se olvida de mirar al horizonte.



