
Madrid - Publicado el - Actualizado
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La foto que me ha llamado la atención la he visto hoy en internet. Es de un fotógrafo estadounidense, de Houston, Colby Deal se llama. La imagen, en blanco y negro, está tomada en una parcela frente a una pequeña casa prefabricada. La casa, en realidad poco más que una cabaña, tiene las maderas de la fachada principal, que en un tiempo fueron blancas, desconchadas por el tiempo. Los marcos de las ventanas están abombados, fuera de sitio. El techo resiste entero bajo varios magnolios grandes con las hojas muy brillantes. Frente a la casita de madera, fría en invierno y caliente en verano, las hierbas han crecido con apasionado desorden. Y sobre esas espigas silvestres y sobre los jaramagos, bajo los árboles, dos sillones muy historiados, dos sillones que evidentemente, por sus maderas nobles y oscuras, por su cuidada tapicería están fuera de sitio. Vienen de algún lujoso salón. Y sobre los dos sillones, un hombre negro, con camisa a cuadros, y un hombre blanco con camisa de nieve. Están los dos muy concentrados en el tablero que hay sobre una mesita. Juegan al ajedrez. Los dos tienen las manos extendidas hacia las piezas. No hablan, pero podrían conversar, podrían contarse cómo están las mazorcas de maíz en el paseo hacia el pueblo, podrían contarse cómo están sus hijos. Los dos hombres juegan, pero podrían no jugar y estar en silencio, bajo los magnolios, disfrutando de esa gran flor blanca, nada delicada, que es su amistad. Fuera el mundo ruge, las devastaciones y el desierto avanzan, pero bajo los arboles, en dos tronos, dos hombres , uno blanco y el otro negro, son príncipes en sus tronos, soberanos del espacio milagroso e infinito que ha abierto su amistad.



