
Madrid - Publicado el - Actualizado
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La foto que me ha llamado la atención la he visto en La Vanguardia. Está hecha en las salinas de la Trinitat. El sol ha acudido, con su diligencia habitual, a la cita del alba. Un día, quien sabe, podría no llegar y que se prolongase una noche sin fin. O podría llegar el sol tarde y que todo empezase con retraso. Igual ni siquiera nos daríamos cuenta. Estamos acostumbrados a que el sol sea puntual. El sol ya digo, otra vez, ha acudido a la cita con el alba en el momento preciso. No se le ve en la foto pero ha pintado de oro, de rubio, con toques de sangre y de verde unas aguas bajas. Están juguetonas sin llegar a rizarse las aguas de la salinas: forman olas chiquitas. El cielo se anda desperezando, mirándose colorado en el espejo líquido. Al fondo la silueta de un grupo de flamencos. En primer plano la silueta de un flamenco solo: la cabeza grande, el pico grande y corvo, el cuello, un suspiro. Las dos patitas menos que un soplo, parece un milagro que sostengan de pie el peso del cuerpo. Flamencos bailando a la vida en un amanecer tan bonito que duele, sutilísimas, imposibles, las patas que los mantienen en pie sobre un tesoro dorada. Así también nosotros, misteriosamente de pie bajo un sol que ha acudido graciosamente a la cita, misteriosamente de pie sobre el día que comienza, sostenidos por imposibles apoyos.



