"Prepararnos para la Navidad no es llenar la agenda ni acumular cosas, es dejar que la luz de Dios ilumine nuestra historia"

Escucha el monólogo de Irene Pozo en 'La Linterna de la Iglesia'

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Qué tal, muy buenas noches. Este domingo comenzamos el Adviento, un tiempo que —si lo dejamos— tiene la capacidad de volver a colocar nuestra vida en su sitio. Cuatro semanas para preparar el corazón, para hacer silencio y para recordar que lo más grande de la historia sucedió en lo más pequeño. 

Adviento es espera, pero no una espera pasiva. Es la espera confiada de quien sabe que Dios cumple sus promesas. Es la espera de quien se atreve a creer que, en medio de tanta oscuridad, sigue brillando una luz que nada ni nadie puede apagar.

Y quizá hoy, más que nunca, necesitamos este tiempo. Vivimos rodeados de prisas, de compras anticipadas, de pantallas que nos distraen, de un ruido que no deja espacio a lo esencial. Nos cuesta detenernos. Nos cuesta mirar hacia dentro. Nos cuesta incluso recordar qué celebramos realmente en Navidad.

A veces parece que la secularización lo ha cubierto todo y, sin embargo, también estamos viendo algo hermoso: personas que vuelven a buscar a Dios, corazones que se abren de nuevo a la fe, jóvenes que regresan a lo espiritual porque intuyen que la vida es más que consumir y correr. Hay cansancio de superficialidad. Hay hambre de sentido. Lo vemos cada día: ese 'giro católico' del que tanto se habla no es una moda; es un anhelo profundo de verdad, de belleza, de esperanza.

Y en medio de todo eso, llega el Adviento. Como un susurro. Como una invitación. Como una oportunidad.

Prepararnos para el nacimiento de Jesús no es llenar la agenda ni acumular cosas, es vaciar el corazón, hacer espacio y dejar que la luz de Dios ilumine nuestra historia.

Adviento es tiempo de esperanza. De reconciliación. De volver a empezar. De recordar que Dios se hace pequeño para alcanzarnos, para transformarlo todo desde dentro.

Quizá ese sea el reto de este tiempo: frenar, mirar, agradecer y dejarnos encontrar.

Porque no se trata solo de preparar la Navidad, sino de prepararnos para vivir el acontecimiento más hermoso de la historia: el nacimiento del Niño Dios, que viene a traer paz donde hay heridas, luz donde hay sombras, y alegría donde parece que no queda nada.

Este Adviento, ojalá sepamos hacer sitio en nuestras vidas a esa visita que llega siempre a tiempo. Ojalá dejemos que Dios nazca de nuevo en lo más frágil, en lo más cotidiano, en lo más nuestro. Y que, cuando llegue la Navidad, podamos reconocerlo. En el pesebre y en nuestra propia vida.

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