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El sentido recuerdo de Luis del Val a Paloma Tortajada: "Hay una Paloma que ha levantado el vuelo definitivo"

El colaborador de 'Herrera en COPE' recuerda a la periodista fallecida este jueves tras una larga enfermedad

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Luis del Val

Colaborador

Tiempo de lectura: 2'Actualizado 13:58

Hay una Paloma que ha levantado el vuelo definitivo, y en la redacción de la COPE hay una sonrisa que falta y una corta melena rubia que ya no subirá y bajará las escaleras hacia el estudio. Sentada frente a Pepe y Araquistaín, al lado de Sergio Barbosa, algunas veces, camino de la impresora, le posaba levemente la mano en el hombro derecho, y ella se volvía un breve instante, con un leve y risueño agradecimiento, para volver enseguida  a su tarea, porque el trabajo formaba parte irrenunciable de su vida.

La conocí, en la Ser, con Iñaki Gabilondo. Cuando nosotros llegábamos, ella ya estaba allí, porque había pasado gran parte de la noche preparando el menú de las noticias. Con profesionalidad. Con eficiencia. Luego, volvió a hacer lo mismo aquí, en la COPE con Ernesto Sáez de Buruaga, con Ángel Expósito y con Carlos Herrera. Y, cuando salíamos de viaje, Paloma Tortajada era el ama de llaves del programa que se quedaba en Madrid, la centinela que garantizaba que todo continuaría, aunque por causas extrañas se cortara la comunicación.   

Era una Paloma que se acostaba mucho antes que las palomas del Pilar, y se levantaba cuando ellas todavía estaban dormidas. Y hablo de las palomas del Pilar, porque el día doce de octubre, si podía, y sus obligaciones laborales se lo permitían,  era imposible encontrarla en Madrid, porque había volado hasta Zaragoza para vestirse de baturra y soportar las largas horas que acompañan participar en la ofrenda de flores a la Virgen.

No tuvo suerte en la prolongación de la enfermedad, porque, incluso cuando decidió llevar una vida normal,  la quimioterapia le afectó a las cuerdas vocales, que es como si a un pianista le agarrotaran  las manos. Y sufría en silencio, me parece que más que por el proceso principal, por ese frustrante daño colateral, que era tan cruel como volver mudo a un ruiseñor. Desde hacía más de un año, Ángel Herrero, director de Cope en Zaragoza, quería hacer allí un programa especial y  quería que lo prensentáramos Paloma y yo por nuestro paisanaje con la ciudad.  Y cada vez que nos veíamos, me decía Ángel: “Vamos a esperar a que Paloma se restablezca”. Pero la espera, la espera, querido Ángel, se ha quedado sin esperanza.

Hay días, como este, en que aborreces nuestro extravagante oficio, porque, hasta la muerte de una amiga que quieres, se convierte en parte del trabajo; días malditos, donde parece que hasta la intimidad está revuelta con la nómina. Días en los que no te apetece hablar, y preferirías marcharte a un  rincón, y deglutir una soleá de Manuel Alcántara, ese malagueño que también se ha marchado en este mes de lluvias y despedidas, y que dice así: “Sólo se me ocurre a mí/ pasarme toda la vida/ pensando que he de morir”.

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