

"Ninguna Casa Real es perfecta, pero comparados con los Windsor, nuestros Borbones no dan para un drama de Shakespeare"
Jorge Bustos analiza los motivos de la detención de Andrés de Inglaterra y las consecuencias para la realeza británica
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¿Qué se siente al leer la noticia de tu propia muerte? Tiene que ser muy divertido, pero solo unos pocos escogidos alcanzan a leer en vida su propia necrológica. El más famoso de todos fue Mark Twain, cuando en 1897 el New York Journal publicó por error su obituario confundiéndolo con su primo, que tampoco había muerto, pero estaba muy enfermo en Londres. Y claro, Twain, que era un cachondo, seguramente el tío con más gracia de las letras estadounidenses, mandó un telegrama al periódico que empezaba así: "Los rumores sobre mi muerte son francamente exagerados". Es el desmentido más elegante de la historia del periodismo.
También Ernest Hemingway leyó la noticia de su muerte en 1954 después de un accidente de avioneta en Uganda que fue muy grave pero no letal. Y pasó los días siguientes recuperándose en la cama bebiendo champán y leyendo las necrológicas de todos los periódicos que lo despedían deshaciéndose en elogios hacia su figura de escritor. Luego confesó que había sido la mejor lectura de su vida. Bueno, pues esto volvió a pasarle ayer a otro escritor, a escritora en este caso y una gran escritora, además, la premio Cervantes y gran dama de las letras mexicanas, Elena Poniatowska. Por la mañana circuló en redes el bulo de su muerte y ella misma tuvo que salir a desmentirlo con mucho humor.
Aprovecho para recomendar esa obra maestra del periodismo narrativo que es 'La noche de Tlatelolco', que es una denuncia rigurosa y valiente del abuso de poder elevado a crimen de Estado en México. ¿Qué es lo que debe hacer el buen periodismo? Fiscalizar al poder, no sincronizarse con él. Y si hablamos de poderosos y de los delitos que a veces cometen cuando se creen intocables, entonces tenemos que hablar de Jeffrey Epstein y de Andrés de Inglaterra.
La detención de Andrés de Inglaterra
Andrés Mountbatten-Windsor, exduque de York, hijo de la difunta reina Isabel II, hermano menor del rey Carlos, se encontraba ayer en su nueva residencia en la finca real de Sandringham, ubicada en la campiña de Norfolk al este de Inglaterra, cuando vio aparecer seis coches de policía que se dirigían hacia su mansión. Llegaron, confirmaron su identidad, le leyeron sus derechos y le arrestaron bajo acusación de conducta inapropiada en el desempeño de cargo público durante los años en los que actuó como enviado especial de comercio internacional del gobierno británico. Andrés habría pasado información confidencial del gobierno británico sobre inversiones en oro y en uranio en Afganistán y eso es alta traición y eso allí se castiga con la perpetua.
Ojo, no se conocen precedentes en tiempos modernos de un familiar tan próximo al rey siendo conducido a comisaría, acusado de ser un delincuente. Y no se descarta que la investigación oficial contra Andrés de Inglaterra se amplíe, claro, a nuevos cargos por las crecientes sospechas de su complicidad o su participación en la red de trata de adolescentes y abuso sexual que dirigía su amigo, el pederasta convicto Jeffrey Epstein, que se suicidó, bueno, se suicidó oficialmente en la cárcel en 2019 cuando se encontraba a la espera de juicio. Una de las víctimas de Epstein, compartida con el hermano del rey cuando ella era todavía menor de edad, se llamaba Virginia Giuffre.
Virginia se suicidó en abril del año pasado con 41 años después de una vida plagada de traumas que ella misma detalla en sus memorias publicadas de forma póstuma. Ya su propio padre abusaba de ella. Así que era carne de cañón para la red de Epstein porque se nutría de perfiles así. Se especializó Epstein en detectar esta clase de perfiles. Hacía negocio con la explotación de mujeres vulnerables. Ayer, al enterarse de la detención del expríncipe Andrés, la familia de Virginia emitió un comunicado: "Nuestros corazones rotos han sido reconfortados por la noticia de que nadie está por encima de la ley, ni siquiera la realeza". Y eso mismo ha dicho el propio Carlos III en otro comunicado: "La ley debe seguir su curso".
De momento solo se le acusa de abuso de posición como enviado especial en misiones comerciales al extranjero, que es un cargo que ocupó entre 2001 y 2011. Pero lo que viene puede ser bastante peor. Por fortuna para Carlos III y sobre todo para su heredero, el príncipe Guillermo, Andrés ya fue despojado de sus títulos y expulsado de la familia real a modo de cortafuegos, aunque todavía permanece en octava posición en la línea de sucesión al trono. Hay algunos analistas de la monarquía británica que están pidiendo ya que se le retire también este último privilegio.
Ninguna Casa Real es perfecta, pero vamos, comparados con los Windsor, nuestros Borbones no dan para un drama de Shakespeare, para una novela picaresca como mucho. Han cometido errores empezando por don Juan Carlos y siguiendo por Urdangarín, pero lo de la casa real británica es otro nivel. El precio de la pervivencia de la institución monárquica es la ejemplaridad. Ese y el capital simbólico que representa la monarquía es su mayor sentido, su servicio público.
Y esto lo ha entendido desde el primer día y con un altísimo grado de autoexigencia el rey Felipe VI, que no ha tenido un año tranquilo de reinado desde que su padre abdicó con la corona en medio de una crisis reputacional que Felipe y Leticia han sabido reparar con mucho esfuerzo y algunos sacrificios. Pero la ejemplaridad no atañe solo a la corona, también al gobierno de una nación. Y si las cosas llegan a tal punto de degradación en ese país que un ministro del Interior no puede proteger a una inspectora de la Policía Nacional de su propio director, ni antes ni después de ser violada, entonces ha llegado el momento de restaurar la ejemplaridad empezando por el máximo responsable. Es decir, ha llegado el momento de que a ese hombre poderoso llamado Fernando Grande-Marlaska se le retire de inmediato el título de ministro del Interior del Reino de España.



