"A lo mejor no hemos probado ir al surtidor de gasolina y usar el descuento del 'no a la guerra'; si está en contra de la guerra, entonces se queda en 56 euros"

Jorge Bustos analiza las últimos movimientos en Oriente Medio y realiza un homenaje a Raúl del Pozo

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En una de sus crónicas callejeras en el diario Pueblo, en plena Guerra Fría, Raúl del Pozo se preguntaba lo siguiente: “¿No será el armamentismo la enfermedad senil de los jerarcas? En los 28 km de pasillos del Pentágono y en los sótanos del Kremlin se inventa cada día un misil balístico con el cogote nuclear, un bombardero estratégico con ojos de cobra para repartir la guerra entre la luz y las tinieblas de los ángeles buenos y los ángeles malos. Para hacernos trizas a todos. Esta carrocería militarista no necesita tantos cohetes. Con los pepinazos que nos pueden soltar desde los hilos de cemento de Arkansas o Siberia, moriríamos siete veces. Pero un hombre puede morir de un catarro. Sus aviones gigantes, sus carros blindados, sus sofisticados aparatos mortíferos volando sobre nuestras cabezas empeñadas en pensar una nueva manera de hacer el amor. Su gran capacidad destructora, sus guerras limitadas y sus aseadas bombas de triturar seres humanos sin manchar las paredes ya no nos asustan. El suspense en esta película de terror ha sido tan forzado y la música de apoyo tan estridente que el silencio eterno será una especie de liberación”.

Esta crónica de Raúl tiene seis décadas, pero parece escrita ayer. Podría escribirse hoy mismo después de que Pete Hegseth, el secretario de guerra de Donald Trump, presumiese del ataque más intenso desde que comenzó la guerra en Irán. Pero Raúl ya no escribirá más crónicas y ojalá que el silencio eterno haya sido para él una liberación, porque para todos los los demás, para todos los que le leíamos, le escuchábamos y le queríamos, es una putada.

Le gustaba presumir a Raúl del Pozo de haber nacido en un bombardeo, porque efectivamente había nacido el día de Navidad de 1936, un 25 de diciembre, como Jesucristo y Ava Gardner, decía él, y se nos ha muerto en otro bombardeo, el de Irán, a él que tenía el don de la frase redonda y de la imagen rotunda. Le habría divertido esta carámbola del destino. Fue la última leyenda del gran columnismo literario, de este linaje entre poético y canalla de Ruano y de Umbral. Tenía amigos Raúl en todas las trincheras y de todas las edades, porque para él el periodismo, además de una oportunidad para el arte, era una coartada para la amistad. Quizá por haber nacido en el año infame de 1936 creció vacunado contra el odio y contra el sectarismo, esa pasión tan desgraciadamente española a veces, y por eso le llora hoy toda la profesión y tantos millones de lectores y oyentes.

Carlos Herrera en la radio y yo en la sección de opinión del diario El Mundo tuvimos el honor de ser sus jefes, bueno, si es que se podía ser jefe de alguien tan indomable como Raúl, al que Jaime Campmany llamó el divino deslenguado. Descansa en paz, Raúl. No le daremos más whisky a la perrita.

La guerra se recrudece

Escuché ayer a nuestro David Alandete, que conoce a Trump mejor que todos nosotros, pronosticar que la guerra o al menos la intervención estadounidense en esta guerra no se va a alargar mucho más. Es posible que llegue pronto el momento en que el coste electoral y bursátil sea tan alto que persueda a Donald Trump de salir cuanto antes de Irán. De momento hay cerca de 150 soldados americanos que han resultado heridos y es difícil afrontar las elecciones de medio mandato que hay en noviembre si empiezan a regresar ataúdes envueltos en la bandera. Así que es muy probable que esté buscando don la ventana de oportunidad para proclamar la victoria y darse el piro del avispero iraní.

El problema es que los precedentes de las últimas espantadas estadounidenses en esa misma región, pienso en Irak, pienso en Afganistán, no permiten alimentar demasiadas esperanzas de lo que quede vaya a ser mejor de lo que había, porque quien queda es de momento Mojtaba Jamenei al frente de Irán, que sigue desafiando a estado Estados Unidos, incluso lanzando amenazas de muerte contra el propio Trump, al que advierte de que él también puede ser eliminado. Dicen ahora los ayatolás, poniéndose un poco chulos, que la guerra acabará cuando lo digan ellos.

La Casa Blanca ha respondido intensificando los bombardeos y el ministro de exteriores de Israel, que es el país al que debemos atribuir la autoría intelectual de esta guerra más que a Estados Unidos, ha dicho que no buscan una guerra interminable y han alentado al pueblo iraní a rebelarse contra el régimen, lo cual nos da la pista de que lo que pretende Netanyahu es un cambio de régimen, mientras que lo que pretende Donald Trump es, bueno, no sabemos muy bien qué es. Y mientras tanto, en el plano político se ha armado cierto revuelo con este giro realista que pretende imprimir a la política europea Úrsula Von Der Leyen, que ahora incluso reconoce que fue un gran error abandonar la energía nuclear. Un abandono que lideró su país, Alemania, por cierto, a buenas horas, agendas verdes.

Pero está levantando algunas ampollas este llamamiento de la presidenta de la comisión a los europeos para que miren el mundo tal como es y para que tomen conciencia de que quedarnos solos defendiendo el mundo de ayer basado en las reglas de la legalidad internacional no nos protege del mundo de hoy y de mañana. Antonio Costa, el presidente portugués del Consejo Europeo, ha salido a matizar a su colega teutona y ha entonado la consabida defensa de la ley y el orden, que es exactamente lo que Von Der Leyen dice que queda muy bonito, pero que nos cunde muy poco a los europeos. Y por supuesto, al gobierno de España le ha faltado tiempo para salir a dar lecciones de moral pública y de derecho internacional a doña Úrsula, la examiga de Pedro.

Orden bueno, caos malo. Si no hay derecho, hay ley de la selva. Haz el amor y no la guerra”. Como Ábalos, por ejemplo, le ha faltado añadir al ministro de exteriores. Hombre, hombre, señor ministro, del ministro de exteriores de la cuarta economía del euro, miembro de la OTAN y de la Unión Europea, esperamos un análisis un poquito más serio y más pormenorizado de la situación. En vez de eso, flamas de delegado de asamblea, universitaria. Yo creo que los españoles se merecen que se les aclare pues algunas cuestiones de orden práctico. Por ejemplo, ¿hasta dónde va a llegar nuestra participación en la guerra? Porque sabemos que la batería española de misiles Patriot que tenemos desplegada en Turquía y la fragata Cristóbal Colón están ya involucradas en este conflicto. ¿Va a acompañar nuestra fragata al portaaviones francés Charles de Gaulle para abrir la ruta del estrecho de Ormuz, lo cual significa exponerse a los drones iraníes y a las minas submarinas?

¿Hemos cedido en algo para que Trump olvide sus represalias comerciales contra España o seguimos pendientes de que cumpla sus amenazas y cuáles pueden ser esas amenazas? ¿Por qué, a pesar de ser los portavoces de la paz en el mundo y de los valores europeos, nadie nos llama para las reuniones de los adultos? ¿Por qué España se queda fuera de las conversaciones de Reino Unido, Francia, Italia y Alemania? ¿Qué somos un país resort que solo sirve para que los que mandan en el continente vengan a tomar el sol y a comer paella en verano?

Y luego está el debate de las medidas económicas para paliar las consecuencias del conflicto sobre los bolsillos del contribuyente. Ayer el Consejo de Ministros anunció un total de cero propuestas paliativas. Cero. Quizá para no dar la razón a la patronal o a Ayuso que andan pidiendo bajadas de impuestos en la factura del gas y de la luz, como por cierto ya están haciendo otros países. Pero nada, de momento lo urgente es esperar. Y entre tanto martillear con el relato los medios afines.

Ha hablado Pedro Sánchez en El Diario.es. La entrevista se resume en cuatro palabras. Efectivamente, no a la guerra. Dice Feijóo que con esloganes no se pagan las facturas, pero a lo mejor es porque no los hemos probado. Así que ahora cuando veas al surtidor de gasolina lo pones en práctica con la cajera. “Son 70 € de diésel. No, mira, es que tengo aquí el descuento del 'no a la guerra'. Ah, bueno, si está en contra de la guerra, entonces se quedan 56”. Y ya estaría, ¿no? Solo queda ahora que el gobierno nos invite a salir a los balcones, pero no para aplaudir como en la pandemia, sino para dar de comer a las palomas, las palomas de la paz.

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