"¿Por qué es menos digno un conductor de tren que un repartidor de Glovo, señora ministra de Trabajo?"

Jorge Bustos analiza las respuestas que le dio Óscar Puente y la postura de Yolanda Díaz sobre la huelga de maquinistas

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 Sabíamos que la oposición tarde o temprano exigiría cuentas al gobierno por el desastre de Adamuz. Ayuso denuncia la ley del silencio de Moncloa, además de pedir un funeral en Almudena por las víctimas. Y Ester Muñoz, la portavoz parlamentaria del Partido Popular, pide la comparecencia urgente de Sánchez en el Congreso. Y lo cierto es que se me ocurren hasta cuatro razones para justificar esa comparecencia. Primero, Porque las competencias de la gestión ferroviaria en España son exclusivas del gobierno central. Segundo, porque el respeto a las víctimas siempre ha sido compatible con el afán de verdad y con la rendición de cuentas. Es más, reclamar explicaciones y depurar las posibles responsabilidades es una deuda moral contraída con las propias víctimas que vienen desde el martes conciliando el dolor con la indignación. Y lo sé porque yo hablé con ellas el martes en Córdoba. 

Tercero, porque todos sabemos que la izquierda no habría tenido piedad de la derecha en el caso de que una tragedia como la de Adamuz hubiese sucedido bajo un gobierno del PP. Lo sabemos todos. Y cuarto, porque del domingo a acá no han dejado de sucederse nuevos incidentes y polémicas relacionadas con los trenes. El accidente de Gelida con una víctima mortal, los bandazos en el límite de velocidad, el choque de un tren en Cartagena contra una grúa que dejó seis heridos, la huelga general del sindicato de maquinistas y la huelga encubierta de los trabajadores de Rodalíes ayer, que se acabó desconvocando por la tarde cuando ADIF accedió por fin a la condición de revisar toda la red. El caos es total y quiero detenerme en este asunto de la huelga porque se supone que un gobierno de izquierdas debería ser especialmente sensible con las reivindicaciones sindicales, ¿no? Sobre todo cuando tienen que ver con la seguridad laboral.

Pero Yolanda Díaz, tan amiga de los sindicatos, cuando puede utilizarlos para reafirmarse en el cargo, ahora prefiere no apoyar la protesta de estos trabajadores que conducen trenes y que se quejan de las condiciones de seguridad en que tienen que hacerlo. ¿Por qué es menos digno un conductor de tren que un repartidor de Glovo, señora ministra de trabajo? ¿O es que si la protesta sindical perjudica al gobierno de coalición, entonces nos olvidamos del pedigrí obrerista? Esta estrategia de presentar a los maquinistas como quejicas o como víctimas de un pánico infundado no creo que sea muy inteligente por parte del Ministerio de Transportes. Y hablando de su protagonista, Óscar Puente concedió una entrevista ayer a este programa y desde el primer minuto hasta el final adoptó un tono mesurado, respetuoso, desde luego muy alejado del Óscar Puente agresivo y desafiante que conocemos.

 La metaformosis de Puente  

Se podría expresar así siempre, la verdad, sin necesidad de que tenga que desencadenarse una tragedia con 45 muertos que cae bajo la responsabilidad de su ministerio. Qué buen ministro podría ser si quisiera. Contestar preguntas, respetar, entrar en todos los medios y no solo en los afines. Pero, ¿quién es el verdadero Óscar Puente? ¿El que respondió educadamente mis preguntas ayer durante más de 20 minutos o el que arremete contra ciudadanos y periodistas críticos en las redes sociales? ¿Cómo explicamos esta súbita metamorfosis de don Óscar?

Pues solo hay dos posibles explicaciones. La benevolente y la cínica. La explicación cínica dice que Puente solo está fingiendo, que está interpretando el papel del ministro conmocionado, lastimero casi, para evitar que le pasen ahora las facturas de todas las pendencias que él mismo ha provocado. La benevolente dice que la cercanía física con las víctimas, el contacto directo con el sufrimiento de los que perdieron a un ser querido en esos trenes, habría obrado una transformación en el alma del ministro de Transportes, que además ha sido padre recientemente y que ya no quiere volver a mofarse de los demás. Se ha reencontrado con su vocación originaria de servicio público y ya no divide España entre fachosfera y progresistas.

A partir de ahora se pone al servicio de todos los españoles por igual porque ha visto el dolor y el dolor le ha cambiado. Esto ya digo que es la explicación benevolente y yo reconozco que la política española me ha vuelto un poco cínico, un poco descreído, pero ojalá no del todo. Me gustaría creer que a veces pasan cosas, aunque sean cosas terribles, que humanizan a los políticos. Fíjate en Juan Má Moreno, ayer se rompió.

Tú ves las imágenes y sabes que el presidente de la Junta de Andalucía no está fingiendo. Está bien romperse en público alguna vez, no digo siempre, hay que liderar, no se pueden comportar los líderes como influencers sentimentales, pero igual, a veces, es la única manera de rebajar la polarización, enseñar las heridas.

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