Antonio Agredano y los premios recibidos: "Una estatuilla a quien pasó por la vida con humildad en las manos"
El cronista de Herrera en COPE habla de esos reconocimientos que tienen un gran valor sentimental para nuestros Fósforos.

Premios, por Antonio Agredano | Crónicas Perplejas
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Un premio por cantar en el programa del Padre Apeles, ser la 'Aguja de Oro' o la 'Mujer Ideal' de Telva... los Fósforos nos cuentan qué reconocimientos han tenido a lo largo de su vida y con los que Antonio Agredano monta sus Crónicas Perplejas.
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Premios, por Antonio Agredano | Crónicas Perplejas
Como me estoy haciendo viejo, cada vez creo en menos cosas. En los merecimientos, por ejemplo. En los honores. En las placas. Porque merecer es un verbo horrible. Hay personas que se amoldan a los premios. Que buscan el aplauso de forma feroz. Que son capaces de sacrificar su talento, su desorden, sus dudas, su discurso, para ocupar una esquinita del periódico y sumar su nombre al de otros ilustres.
La autenticidad pocas veces trae reconocimientos. Al revés, suele dar dolores de cabeza. Porque somos ingobernables. Porque el carácter cierra más puertas de las que abre. Si yo pudiera poner mi nombre a unas estatuillas, doradas, tipo Óscar, con un tipito diferente al de Hollywood; los premios Agredano. Yo llamaría al escenario a esa amiga que en un mal momento te escribe un wasap y te manda stickers para sacarte una sonrisa.
Premiaría al que te dice guapo cuando te sientes feo. Al amigo que te retiene y pide chupitos de tequila cuando anuncias que te vas a casa. Premiaría a la niña que te sonríe en el autobús, a su ingenuidad, entre tanta rutina gris. Al que te deja pasar con el coche porque sabe que te has equivocado de carril en el semáforo. Al camarero que te pone el café bien cargado porque entiende el lenguaje de las ojeras. Premiaría al que se turna contigo en las máquinas del gimnasio. Al aficionado que aplaude a su equipo pese a la derrota. Premiaría al compañero que da la cara por ti.
Premiaría al que nada teme. Al niño que se deja ganar en la play para que su amigo sonría. Premiaría al que te pregunta cómo estás para saber realmente cómo estás y no para contarte sus achaques. Luego ya vendrán los libros, las películas, las celebradas columnas, los programas, la alfombra roja. Pero sin lo primero es difícil conseguir lo segundo. Para elevarse, primero, hay que tener los pies en la tierra. Y luego ir subiendo. Y no empezar la casa por el tejado.
Una estatuilla a quien pasó por la vida con humildad en las manos y verdad en los labios. Una estatuilla a quien siempre estuvo ahí. Al que acompañó, al que amó, al que no hizo caso. Una estatuilla a los indómitos, a los incómodos y a los rebeldes. A los que cambiarían cien veces una ovación por un abrazo.



