Antonio Agredano y esos desastres por intentar arreglar algo: "Si sale agua del bote sifónico, me pongo de los nervios"
El cronista de Herrera en COPE habla de esas situaciones en las que por intentar arreglar algo, lo han empeorado nuestros Fósforos.

Arreglado, por Antonio Agredano | Crónicas Perplejas
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Intentar arreglar un cuadro y quedar peor, hacer un boquete al intentar colgar unas perchas, o quemar una camisa a dos horas de una Comunión al intentar plancharla... muchas han sido las pifias de nuestros Fósforos al intentar arreglar algo y a las que Antonio Agredano pone voz y letra.
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Arreglado, por Antonio Agredano | Crónicas Perplejas
Nunca he empuñado un taladro. Nunca he sentido ese placer testosterónico de agujerear una pared. Hay hombres que elevan su destornillador con la seguridad con la que William Wallace alzaba su espada, con la cara pintada de azul y sus tropas envalentonadas antes de la batalla. La caja de herramientas es para mí un lugar extraño, lleno de cosas cuyo nombre desconozco. Si algo se rompe, llamo a mi padre, que con paciencia y algo de condescendencia, me va guiando, pensando: «Cómo he criado yo a un hijo tan torpe».
Yo sabía arreglar otras cosas. O al menos lo intenté muchas veces. Me preocupaban las averías de dentro. Esas que chispean en el esternón. Siempre me ha gustado escuchar, y que me escuchen. Las confidencias alivian. Restauran. El vino ayuda, desatasca el colapso, la vida retoma poco a poco su normalidad. Todos estamos llenos de grietas y desconchones. Todos necesitamos un poco de tiempo, unas manos precisas, algo de cariño. Y pocas veces he dicho que no a una botella y a una larga conversación. Y cuando he dicho que no, es porque era yo el que estaba averiado, y necesitaba una reforma integral. Que también me ha pasado.
Porque las personas también tenemos una arquitectura que tiembla. Debajo de la fachada, nos atraviesan un puñado de pilares. La carne es fina, como los tabiques de los edificios donde vivimos. Escuchamos la televisión de los vecinos. Cada uno tiene su cotidianidad, sus preocupaciones y sus urgencias. Somos nuestra propia casa. Con nuestros achaques. Con interruptores que dejan de funcionar. Con ruidos que no cesan, pero que no logramos identificar en nuestras íntimas habitaciones.
Yo no sé colgar un cuadro. Si sale agua del bote sifónico, me pongo de los nervios. Quitar el plafón y cambiar la bombilla ya me parece una heroicidad. Pero ya sólo me preocupa el corazón. No sé distinguir el ladrillo del pladur. No sé qué significa fase, neutro y tierra.
Sólo sé que las casas sienten, como decía una canción. Y nosotros dentro de ellas. Que todos tenemos peligro de derrumbe. Y que sólo el amor puede apuntalar nuestra vieja anatomía de piel y hormigón.



