
"Una semana después, en el ambiente afloran dos sentimientos principales: cansancio y tristeza"
Escucha el monólogo de Cristina López Schlichting del domingo 25 de enero desde Adamuz
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Una semana después de la tragedia, ha llegado el momento de detenerse para pensar en los fallecidos y en sus seres queridos. Dentro de una hora, el obispo de Córdoba, Jesús Fernández González, oficiará un solemne funeral en la gran caseta municipal, un centro de convenciones al que se ha trasladado la imagen de la Virgen del Sol, patrona de la localidad, debido a que el templo parroquial del siglo XIV se ha quedado pequeño.
Mientras una leve llovizna cae sobre el pueblo, los vecinos y autoridades continúan llegando. En el ambiente afloran dos sentimientos principales: cansancio y tristeza. Después de haberse volcado por completo con los heridos y sus familiares, vaciando las existencias de farmacias, panaderías, las instalaciones de Cáritas e incluso el café del hogar del pensionista, donde solo el lunes se molieron cinco kilos de grano, el pueblo ahora pide silencio. El ajetreo mediático y el dolor acumulado requieren un espacio de calma.
De repente, la gente se echa a llorar en mitad de una conversación, como si un caudal de duelo contenido rompiese un dique. Es el caso de la señora Marjord, que recuerda cómo su nieta tiritaba de miedo al saber que unos trenes se habían estrellado cerca, mientras veía a su madre salir corriendo a ayudar. El duelo se ha desbordado y la tristeza lo inunda todo.
Llora también uno de los hombres que atendieron a las víctimas en el centro de auxilio improvisado. Un hombre recio que, tras trabajar a destajo, confiesa con cierta vergüenza que acaba de pedir cita para el psicólogo. No puede borrar de su mente las imágenes de los cuerpos ni la pena desesperada de los familiares al enterarse de la muerte de los suyos. A partir de ahora, se necesitará mucha ayuda médica y espiritual.
Julio, un joven de 16 años, confiesa haber visto cosas terribles que no podéis ni imaginar. Hasta seis veces recorrió a pie el kilómetro que separaba el pueblo del lugar del accidente, sacando a personas de los trenes, tranquilizándolas y trasladándolas al puesto sanitario como podía, con la ayuda de su amigo Jose.
Aquella noche del domingo, en Adamuz se hizo café, se calentaron chocolate, tila y leche caliente. Se dispusieron colchones y mantas, y se cedieron abrigos y zapatos. Aquellos que, por edad o responsabilidades, no pudieron dejar sus casas, levantaron la mirada al cielo en señal de plegaria.
El párroco de Adamuz, un hombre joven de 36 años, ha tenido el coraje de dirigirse a sus fieles para pedirles perdón públicamente. Hace diez años, cuando llegó al pueblo, se enfadó porque mucha gente celebraba las fiestas de la Virgen del Sol con gran algazara, pero luego no asistía a misa, lo que le hizo pensar que el pueblo no era muy cristiano.
Esta semana, añadió el sacerdote, los vecinos le han puesto en su sitio. Han estado donde hay que estar, al pie de la cruz, sin calcular, sin pensar en el dolor y sin importar si los juzgaban o agradecían, actuando por puro amor. Según el cura, eso es exactamente ser cristiano, y concluyó con un agradecimiento: Gracias por habérmelo enseñado.
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