El mayo antifrancés de Valencia

El mayo antifrancés de Valencia
Madrid - Publicado el - Actualizado
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Hace algo más de 200 años, en 1808, el pueblo de Valencia dio una lección de dignidad y patriotismo a sus gobernantes, al declarar un humilde valenciano, Vicente Doménech, El Palleter, la guerra a los franceses, ejerciendo de facto la soberanía que más tarde se le reconocería de iure en la Constitución de 1812 o La Pepa, y que aunque nuestra historiografía no le ha hecho mucho caso, o no se conoce por la opinión pública, en la Unión Soviética se cita en su “Historia Moderna y Contemporánea”, de enero de 1960, como “LAS INSURRECCIONES DE VALENCIA DEL VERANO DE 1808”.
Fue así como, a mediados del mes de mayo de 1808, ante las dudas de sus clases dirigentes, se estaba generando entre los valencianos un clima de incertidumbre e incluso de sospecha, conforme llegaban algunas noticias de lo acontecido en Madrid, el día 2 de ese mismo mes.
El día 23 de mayo se recibe la Gaceta de Madrid del día 20, en la que se recogían las abdicaciones sucesivas de los dos reyes Borbones, padre e hijo, a favor de Napoleón, dándose a conocer la noticia en la plaza de les Panses, hoy plaza de la Compañía. El pueblo cada vez más exacerbado termina siguiendo al Palleter, que proclama: «Jo, Vicent Doménech, un pobre palleter, li declara guerra a Napoleó. Vixca Fernando sèptim y muiguen els traïdors!», encomendándose a la Mare de Déu dels Desemparats, pues recoge una imagen de ella en el improvisado estandarte que enarbola, al igual que hace con un retrato del rey, siendo coreado por el gentío.
A la par, el pueblo se va concentrando en las calles, y, ante la pasividad de sus dirigentes, la situación va adquiriendo tintes de revuelta, se exige la declaración de guerra a Francia, aclamando a Fernando VII como su rey. El capitán general de Valencia, conde de la Conquista, en ese momento más preocupado de mantener su orden, aunque fuera ilegítimo al provenir del francés, que de otra cosa, intentará por su parte apaciguar los ánimos, reuniéndose con su gobierno llamado Real Acuerdo.
Los manifestantes, congregados ante el Palacio Real, habían elegido en esa misma mañana y sin más formalismos al padre Rico para encabezarlos. El sacerdote se presenta ante las autoridades como representante popular, exigiendo una decisión que recogiera las demandas del pueblo, y, ante un primer acuerdo ambiguo, demanda otro más explícito de movilización y acatamiento a Fernando VII, consiguiéndolo al argumentar los peligros que puede suponer contrariar a la masa popular e informarle de la actitud poco patriótica de los miembros del gobierno, poniendo al mando de los hombres reclutados de 16 a 40 años al conde de Cervellón. Pero la tarde de ese mismo día 23, según cuentan los cronistas, se produce uno de los hechos más infames de la guerra por parte de los gobernantes, como es el envío de mensajes secretos a Murat, advirtiéndole de las revueltas populares, así como la solicitud del envío de soldados para sofocarlas, anteponiendo su estatus a su deber de defender a la nación frente al invasor. Al día siguiente, 24, los ánimos se vuelven a exacerbar ante la desorganización del alistamiento, reanudándose las concentraciones del día anterior. Mediante diversos artificios y un golpe de gracia el padre Rico, en unión del capitán Vicente González Moreno, se hacen con el control de la Ciudadela, al contar este último con el apoyo de unas milicias creadas por los hermanos Bertran de Lys. Este grupo adquiere una posición predominante que no utiliza para eliminar el orden establecido, sino para reconfigurarlo, mediante la creación, el día 25 de mayo, de un nuevo órgano de gobierno, la Junta Suprema, en la que se incluyen además de elementos del antiguo régimen también liberales. Esta Junta es un primer conato de revolución liberal en España, y debe ser reconocido como ejemplo de modernidad de los valencianos.
Pero ya se sabe lo que ocurre en toda insurrección, en los días siguientes se suceden diversos sucesos, ante la perplejidad de las antiguas autoridades y la nueva conciencia del poder que ha adquirido el pueblo con sus dirigentes ilustrados-liberales al frente, algunos de ellos muy
cruentos, como el linchamiento del barón de Albalate, en torno al día 27 de mayo, y la toma momentánea de la Ciudadela con la consiguiente ejecución de los franceses allí retenidos, por parte de las huestes dirigidas por el padre jesuita Baltasar Calvo, entre los días 5 y 6 de junio,
pero esta es otra parte, más belicosa, de nuestra historia no tan lejana, para contar en otra ocasión.



