
Jaén - Publicado el - Actualizado
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En la ciudad de Baeza radica el centro geográfico de la provincia, como se indica en la Casa Consistorial de estilo plateresco. Desde la Catedral de la Natividad de Nuestra Señora (construida sobre una mezquita aljama y antes un templo visigodo) se divisa el valle del Guadalquivir, en plena comarca de La Loma. En la época romana dependía administrativamente de Cartago Nova y de la vecina ciudad de Cástulo. Al final del imperio romano se le denominaba Beatia o Biatia; adquiere la capitalidad con su sede episcopal. En la Hispania visigoda, hasta la invasión musulmana, continúa manteniendo el obispado, dependiente de la archidiócesis de Toledo; como refleja la iglesia románica de la Santa Cruz. Los musulmanes la denominaron Bayyasa, derivando a la actual transcripción fonética. En 1147 el rey leonés Alfonso VII la reconquistaría con la ayuda de san Isidoro de Sevilla (de ahí el Pendón de Baeza).
En 1212 Alfonso VIII, en la decisiva Batalla de las Navas de Tolosa, vencería a los almohades; pero Bayyasa continuaría como capital de la Taifa de Baeza. Su emir al-Bayyasi se convierte en vasallo de Fernando III el Santo, el 30 de noviembre de 1227 (festividad de san Andrés, patrono de la ciudad), pasando la ciudad al Reino de Castilla; los musulmanes expulsados se alojarían en el barrio del Albayzín de Granada. Hasta la reconquista de Jaén en 1246, el Reino de Baeza con su sede episcopal y el Fuero Conquense ejercería la hegemonía territorial. En la primera “guerra civil baezana”, entre las poderosas familias de los Benavides (del Palacio de Jabalquinto) y los Carvajales (de la Orden de Calatrava), tuvo que mediar la reina Isabel la Católica, con la demolición del emblemático Alcázar. El hecho de que Baeza fuera el centro neurálgico de la diócesis, con su Catedral; que san Juan de Ávila fundara la Universidad de estilo manierista (1538), dedicada a la Santísima Trinidad, con un rango inferior a Salamanca, Alcalá y Valladolid; y que se creara el Seminario de San Felipe Neri (1660) hasta trasladarlo a Jaén, propició un pujante florecer espiritual.
El fervor religioso baezano tiene su máxima expresión con la procesión del Corpus Christi y la espléndida Custodia barroca de plata; o la Semana Santa con 22 procesiones y 34 pasos, y el tradicional Miserere de Hilarión Eslava. Desde el Curso de Verano que se celebra en el Palacio del Rubín de Ceballos, estoy ahondado en el maravilloso patrimonio artístico beaciense, con una nueva perspectiva. A todas estas joyas históricas y artísticas habría que añadir el resplandor de los ocultos rubíes de la Cripta de la Capilla Dorada de la Catedral de Baeza. Sin embargo, han tenido que pasar años para descubrir con emoción este tesoro escondido. Al llegar a la ciudad renacentista se advierte al visitante que se ha declarado Patrimonio de la Humanidad, o su compromiso contra la violencia de género. Pero sorprende comprobar las inexistentes referencias a la hazaña heroica de los mártires que imitan al patrono local, para abrazar la cruz como su Maestro. Es de justica agradecer al postulador del proceso martirial, don Rafael Higueras, la “relatio” de la causa de beatificación. Y al vicario general, don Francisco Juan Martínez Rojas, la autorización para visitar la Cripta.
A finales del mes de julio de 1936, fueron detenidos y conducidos a la prisión (Ayuntamiento) de Baeza los 84 mártires que figuran en la lápida de Capilla Dorada. En la saca del 3 de septiembre fueron trasladados a la finca “Los Capones” (Ibros), los mártires que fueron fusilados por los milicianos; lugar denominado como “la cruz de los 31”. Está pendiente que la Santa Sede se pronuncie sobre el martirio de 10 sacerdotes (relacionados con la Catedral, las parroquias de San Pablo, El Salvador, San Andrés, La Yedra o Lupión) que murieron “in odium fidei”. A finales de octubre se beatificará en Tortosa a los dos primeros mártires, sacerdotes Operarios: don Manuel Galcerá Videllet y don Aquilino Pastor Cambero; director espiritual y prefecto de estudios del Seminario baezano. Es emocionante cómo el penitenciario don Francisco Martínez Baeza pidió ser el último, para dar la absolución a cada uno, antes de ser ejecutados. Su mensaje: “demos gracias a Dios porque dentro de unos momentos vamos a estar gozando de su presencia”. Con el testimonio de sus mártires, la ciudad adquiere el mayor esplendor.



