
Jaén - Publicado el - Actualizado
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Estaba seguro de que había sido Aramburu el que había metido el tercer gol. Sin embargo, como quería comprobar que no había soñado aquel partido del domingo nueve de enero de 1972, envié a mi amado hijo a que investigara en la hemeroteca de la biblioteca municipal. “Pide el IDEAL del lunes siguiente”. Me llamó. Que no había ejemplar de ese día; que si no me acordaba de que hasta la década de los ochenta la prensa no se publicaba los lunes. La crónica estaba en el periódico del martes. “Los goles los metieron Hopa, Santi y Zunino en el último cuarto de hora. El tercero, de falta. El Jaén perdía cero dos con el Murcia, pero acabó ganando tres dos.”. Insistí. “¿Seguro que no fue Aramburu”. “No”. “¿Pone en las incidencias si llovió?”. “Eso sí. A intervalos, pero con fuerza. ¿Papá, por qué tanto interés en un partido de fútbol de hace cincuenta años?”. “Te lo cuento delante de un café con leche”.
“Yo tenía nueve años. Tu tío Ismael, ocho recién cumplidos. Bajábamos a La Victoria con el abuelo y el tío Juan Antonio, que eran socios. A los chaveas acompañados de adultos nos dejaban pasar sin entrada. Ese domingo se acababan las vacaciones de Navidad antes de la vuelta al colegio. Una tarde fría y negra. Estaba claro que iba a diluviar. De modo que la abuela Ana María dijo que el abuelo Ernesto podía hacer lo que gustase, pero que ni tu tío Ismael ni yo íbamos al partido. “Se ponen malos seguro. No hay necesidad. De aquí no salen”. El abuelo intentaba convencerla mientras nosotros, con las trencas puestas, esperábamos que sobre la sensatez materna se impusiera el sentimiento futbolero y patriótico del abuelo. Tu tío Ismael y yo argumentábamos, “mamá, fijo que no llueve. Y las trencas tienen capuchas. No nos pasará nada. Es un partido importante. El Murcia va el primero. Por favor, mamá, de regalo de Reyes”.
Al final, la abuela accedió no sin antes amenazar al abuelo, “como pillen unas anginas, te enteras. Te quedas sin fútbol el resto de temporada. Que lo sepas”. Mientras los abuelos terminaban de precisar los términos del armisticio, tu tío y yo habíamos bajado las escaleras de dos en dos por si la abuela se arrepentía. “Ni un beso me han dado. Han salido corriendo. El Jaén, el Jaén… lo que ganaréis vosotros con todo esto. Ten, llévate por lo menos el paraguas. Os vais a poner chorreando”.
Me callé un instante para echarle el azúcar al café y removerlo con la cucharilla.
Palabras, divinas palabras



