13ª feria de abril
Nobleza sin casta ni emoción
Una oreja paseó Daniel Luque de la descastada corrida de Juan Pedro Domecq. Ortega y Aguado fueron ovacionados.

Daniel Luque, durante la faena de muleta al cuarto toro, al que cortó una oreja
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Manuel Viera
La técnica es un medio, un elemento, que ayuda a realizar aquello que se quiere ofrecer, pero quizás para él, que tanto la emplea de manera impecable, no lo sea tanto. La importancia radica en lo que expresa, el toreo que quiere y va a realizar. Ese toreo hecho a golpe de proceso es tan importante como el propio resultado obtenido. Daniel Luque se empleó con el desfondado cuarto toro de Juan Pedro Domecq hasta conseguir su objetivo. Fue una labor ardua, de querer, de obtener, de conseguir lo mejor de una embestida nobilísima que se quedaba a medio camino por la escasez de casta. El dibujo del natural fue perfecto, incluso los trazos los hilvanaba con suaves toques para acabar con los obligados pases de pecho.
La faena de Daniel estuvo bien estructurada desembocando hacia ese su concepto de esencial clasicismo, para acabar con detalles de calidad y unos naturales de frente de apreciado gusto con los que rubricó su obra. Antes, unos delantales y unas ajustadas gaoneras habían prologado una lidia finiquitada con la estocada que le pondría en bandeja la oreja ganada.
Ni que decir tiene que la corrida no se picó. La suerte de varas fue puro tramite verla hacer. Su belleza es indiscutible. Bonita la hizo “Espartaco”. Y bien que se degustó. Pero los toros de Juan Pedro Domecq salieron picados, con la nobleza por las nubes y las casta por los suelos. Unos muermos en el ruedo. Y ante esto la emoción estaba olvidada. La calidad en la embestida del primero de la tarde fue notoria. El diestro de Gerena lo hizo grande a la verónica y muy despacio. Todo lo demás, que no fue poco con la derecha y con la izquierda, careció de la obligada emoción.
Juan Ortega tuvo la nobleza de las embestidas de su dos toros, pero para muy poco le sirvieron. Porque ni siquiera la deseada verónica al compas y ritmo del sentimiento supo a poco. Al sentimiento, ese eje esencial de ser humano apeló Juan Ortega con el quinto. Un toro noble, como todos, al que toreó de inicio de manera ejemplar. Genuflexo alcanzó esos deseos de hacer el toreo. Tanto el lento recorrido de las telas, como la ligazón, compusieron una lidia de detalles y torería que no acabó de cuajar. De pinchazo y estocada finiquitó.
Tampoco el segundo le dio una mínima opción. Un triste animal en el ruedo al que Ortega toreó despacio con el capote y dibujó bonitos trazos con la izquierda. Todo carente de todo.
El gran toreo a la verónica de Pablo Aguado al tercero fue lo mejor visto y sentido en la tarde. Esto confirma que estamos ante un torero capaz de obtener resultados excelentes de un concepto tan clásico como emotivo y bello. La media con la que rubricó el ramillete de lances fue de ensueño. La obra comenzó de una manera emocional, de rodillas en tierra, no sin dificultad y realizada con gran personalidad. De aguda belleza fueron lo molinetes, los cambios de manos y las trincherillas, e incluso los naturales lentísimos, trazados de frente, explicaron como es el toreo en realidad.Detalles de autentica torería y una espada que se atascó, como se atascó la lidia del sexto. Un animal sin vida que muy pronto se acabó.



