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Carta de una enferma de cáncer a Iglesias: “Que mi curación no dependa de alguien como usted”

Publicación de Ana Luisa Pombo, una enferma de cáncer, a Pablo Iglesias por sus críticas a las donaciones de Amancio Ortega

Ana Luisa Pombo

Ana Luisa Pombo

Redactora Jefa

Tiempo de lectura: 3'Actualizado 02 nov 2019

Carta de una enferma de cáncer: “Señor Iglesias, es usted un miserable”

 

“Señor Iglesias, es usted un miserable que vuelve, cual burra al trigo, a arremeter contra Amancio Ortega y las donaciones, generosas donaciones, que él hace para rescatar vidas de una muerte segura en muchos casos.

Hoy, muchas personas que, gracias a tecnologías como esas máquinas donadas por el señor Ortega, pueden seguir viendo crecer a sus hijos y disfrutando de una prórroga en vidas con caducidad limitada; hoy, el día en que mi oncólogo me ha confirmado que el bicho que ha dejado su huella en mi vientre cruzado por enormes cicatrices y algunas otras secuelas, parece haber emigrado porque ya no aparece por ninguna parte, hoy tenemos, tengo que soportar otra vez su demagogia barata, su palabrerío frío e irrespetuoso criticando las donaciones de Amancio Ortega para aumentar los medios que la sanidad pone a nuestro alcance y que siendo muchos nunca son suficientes, por lo que cualquier ayuda añadida es siempre bienvenida para facilitarnos la victoria en esta batalla desigual.

Según datos de la Sociedad Española de Oncología médica, cada año, unos 250.000 españoles, nos enfrentamos a un diagnóstico de cáncer. Desde ese momento, se pone en marcha la maquinaria perfectamente actualizada y engrasada de nuestra sanidad con un único objetivo: rescatarnos de las garras de la muerte cueste lo que cueste, poniendo a nuestro alcance los mejores, más efectivos y novedosos tratamientos que suponen muchos miles de euros por enfermo y con la ayuda inestimable de muchas máquinas de última generación que afinan el diagnóstico y ayudan a aplicar tratamientos para que maten más y mejor las células del bicho que nos come a bocados, sin afectar demasiado a nuestras células sanas.

Cada máquina más, como las donadas por el señor Ortega, sumada a las que ya tiene el sistema público de salud, son una nueva ventana a la esperanza para nosotros. Por eso, en lugar de ejercer usted de frío y frívolo bocachancla, debería visitar los departamentos de oncología o los hospitales de día y comprobar como, allí, cientos de miles de españoles, cruzamos nuestras vidas, nuestros miedos y nuestras esperanzas. Niños tan pequeños o más que los que usted tiene, niños que aún no saben andar, se doblan con el llanto nada más ver a la enfermera que los va a pinchar para atacar esas células malignas que se colaron en sus cuerpecitos al poco de nacer; adolescentes que deberían estar saltando, bailando y disfrutando con sus amigos, aprietan los dientes mientras se despiden de sus padres antes de someterse, valientemente, a una nueva sesión de quimio o radio; madres muy jóvenes que, antes de que la quimio queme de nuevo sus venas, se abrazan a sus bebés impregnándose de su olor, del tacto de su piel, de sus miradas pidiéndole a sus mamás que no tarden en volver..., adultos y personas mayores que peleamos por ganar un día más de vida..., todos entramos en el quirófano o a recibir nuestra sesion de quimio o  de radio, enganchando nuestra mirada a la de nuestros seres queridos porque nos duele el cáncer, pero sobre todo nos duele el alma al no saber en qué momento la espada de Damocles que pende sobre nuestras cabezas, va a caer y nos va romper esa unión. Todos tenemos ilusiones y proyectos y necesitamos toda la ayuda posible para evitar que se nos escapen entre arremetidas de un bicho despiadado.  

También debería ver usted, como a nuestros padres, maridos o hijos que esperarán pacientemente durante horas nuestra salida, se les parte el corazón y como se esfuerzan, nos esforzamos todos por sonreír, en un intento desesperado de infundirnos ánimos, aunque en cuánto nos perdemos de vista, nuestros ojos, los de los enfermos de cáncer y los de nuestras familias, se llenan de lágrimas ante el futuro incierto, mezcladas con otras de esperanza sabiendo que un sistema sanitario al completo y muchas personas, muchísimas, se están partiendo el pecho para ayudarnos a ganar esa batalla mientras algunas otras como Amancio Ortega, creen en nosotros, apuestan decididamente por nuestras vidas, intentan colmar nuestros deseos de vivir y se convierten en paladines de nuestras defensas frente al cáncer y en mecenas de nuestro futuro, financiando más máquinas y tratamientos que lo hagan posible.

Y usted, desde su soberana falta de empatía y falta de respeto, con una crueldad cercana a la del propio bicho, sabiendo que nuestras vidas están en juego, tiene la desfachatez de cuestionar esas donaciones que, para los enfermos de cáncer, son una tabla de salvación más. 

No, no me sirve la disculpa de que usted ha tenido familiares afectados porque la estulticia mata incluso la generosidad en el afecto hacia las personas cercanas y tampoco me sirve la excusa de que luchar contra el cáncer, es cosa de la sanidad pública porque cuando somos tantos los afectados y cuando el enemigo es tan fuerte y perseverante en su afán destructor, todos los esfuerzos y ayudas para combatirlo son pocos.

Cuestionar cualquier ayuda que nos permita sobrevivir al cáncer, demuestra una manifiesta falta de humanidad y de respeto por su parte, hacia quienes libramos esta dura batalla. Jugar con nuestra esperanza, con la supervivencia de los enfermos que luchamos a brazo partido por nuestras vidas, jugar con nosotros por un puñado de votos y, tal vez, por algún trauma personal rebozado en egoísmo y envidia, lo convierte a usted en alguien indigno como persona y, más aún, como candidato.

Como enferma de cáncer, pido a Dios que mis tratamientos y mi curación, no dependan nunca de alguien como usted”.

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