Adopta un abuelo: cuando jóvenes y mayores forjan sueños

Un proyecto permite que chicos y chicas inviertan parte de su tiempo con ancianos para que se sientan acompañados, escuchados y queridos

 

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Redactora de informativos

Tiempo de lectura: 3' Actualizado 10:00

Carmen está pintando un mandala ante la atenta mirada de dos chicas. Tienen tan solo 17 y 18 años, pero cada martes desde hace ya un mes vienen a esta residencia en Villanueva de la Cañada en Madrid, para estar con ella. Cada semana un nuevo dibujo y todos los lápices de colores que colocan en la mesa de manera ordenada para que Carmen pueda ir coloreando. Los traen ellas para que Carmen disfrute. Están haciendo un grado medio de dependencia y surgió la posibilidad de este voluntariado con "Adopta un abuelo".

Cada martes vienen a hacer este acompañamiento que les aporta mucho más de lo que dan. “Esta siendo una gran experiencia me lo esperaba peor, me gusta estar con ella aprendemos muchas cosas, me siento muy bien haciendo esto. Yo me había planteado otro tipo de voluntariado con niños, nunca lo había pensado con personas mayores pero me lo paso muy bien, está siendo muy especial”, explica una de ellas. Cada martes se hacen fotos las tres juntas que luego estas dos adolescentes traen impresas para ella. Carmen las guarda en el andador que le permite moverse por la enorme residencia. “Lo hacemos para ver la evolución que tenemos con ella”, explican y lo que está claro es que la evolución les ha llevado a querer a esta señora que como repite varias veces “no lo ha tenido fácil pero es una persona muy fuerte”.

Estos jóvenes tienen asignados cada semana un mayor de los 300 que viven en la residencia. Los ojos les brillan a todos, a ellos con la emoción juvenil de estar recibiendo mucho. Los ojos de los mayores se humedecen con el contacto de sus manos cada vez que se las sostienen y estrujan. En esa tesitura encontramos a Elisa y sus dos jóvenes acompañantes. Elisa tiene 104 años, no se sabe su nombre pero vive con ternura estos gestos de dos casi niñas, “muy simpáticas y guapas”, dice. Elisa va en silla de ruedas y hay que gritarla para poder mantener una conversación con ella, no la sueltan la mano. ”Estar con Elisa nos aporta felicidad, tranquilidad, nos cuenta su vida y nos hace reflexionar mucho porque ha pasado por muchas cosas-explican- y nos ha enseñado que hay que ser fuertes”.

Las horas del martes con Elisa se pasan jugando a los juegos de aquella infancia de principios del siglo XX, jóvenes y mayores confeccionan con retazos de una vida nada fácil, motivos suficientes para dar una lección vital: ”Nos damos cuenta hablando con ella de las cosas que realmente importan”. También hay tiempo para hacerse selfiescon los stickers de Instagram. Elisa no sabe lo que es pero la divierte.

Al lado hacen sopas de letras Emilio de 69 años con Eva de 16. Emilio está intelectualmente activo aunque le cuesta andar y hablar. Para Eva es su primer voluntariado: “Lo cogí con miedo porque hay que tener muchas ganas de comprometerse, pero la verdad que no va a ser el último”. Más allá charlan unos, otros juegan al parchís e incluso la más pizpireta saca a bailar a Raimundo en su silla de ruedas. “Necesitan cariño y sentirse felices”, apunta.

Inmaculada es la directora de la residencia e insiste que todas las semanas están con el mismo mayor “para que lleguen a tener un conocimiento mas profundo y una comunicación, a los residentes les aporta novedad porque es algo que no tenían, les aporta cariño, una conversación nueva, algo diferente”. Los chicos está claro que se van con los bolsillos llenos y con una frase que se repite en todos “aprendemos mucho de ellos”.

Esta iniciativa del colegio Arcadia surgió cuando los profesores buscaban un voluntariado que encajara con la programación académica. Para colaborar con "Adopta un abuelo" se puede hacer de manera individual, solo es necesario tener ganas de compartir tiempo y lo que más necesitan cariño. Y está claro que se recibe mucho a cambio, a Carmen no la olvidarán nunca estas dos chicas: “Nosotras tenemos nuestras abuelas, pero a ella la consideramos ya de nuestra familia”, Carmen sonríe y sigue coloreando su mandala.

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