
Unidad nacional
Biden se ha propuesto en sus primeros discursos cerrar heridas. Va a ser un programa difícil de ejecutar porque esas heridas son profundas. El resultado electoral no elimina, automáticamente, una polarización política en la que cada parte en conflicto considera que el ejercicio del poder político es la mejor manera de hacer triunfar e imponer un determinado sistema de ideas.
Gran parte del mundo liberal ha reaccionado en los últimos cuatro años dominado por una antitrumpismo hiperbólico. El progresismo ha vivido una guerra cultural que, como señalan algunos analistas con acierto, ha tenido mucho de obsesión colectiva. Ha habido pocos esfuerzos sinceros para comprender por qué Trump había ganado, qué sentían, que querían los que habían optado por el que, sin duda, ha sido uno de los peores presidentes de los Estados Unidos.
Biden, como ha señalado el presidente de la Conferencia Episcopal de Estados Unidos, va a ser el segundo presidente católico del país. Su tarea es, como bien indica el arzobispo José Gomez, fomentar el espíritu de unidad nacional y comprometerse por el bienestar común. La de los estadounidenses, trabajar juntos para construir una nación donde se defiende la santidad de cada vida humana y se garantiza la libertad de conciencia y religión.
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