Madrid - Publicado el - Actualizado
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«Hay algo que no funciona en la Unión». Con esta rotundidad se expresaba el Papa hace unos días al ser preguntado por las consecuencias del referéndum británico. El Brexit ha dado alas a los movimientos populistas del continente y ha sumido en el estupor a los europeístas. La esperanza es que el mazazo genere la reacción necesaria para recuperar la ilusión en un proyecto que ha dado a Europa el período más largo de su historia de paz y prosperidad. Esa es la línea por la que apuesta Francisco, que anima a reinventar la UE con creatividad «para reencontrar la fuerza que tuvo en sus raíces». Conviene no perder mucho tiempo en lamerse las heridas. «Ha llegado el momento de que Europa mire hacia delante», afirmaba esta semana el cardenal Marx, presidente de la Comisión de las Conferencias Episcopales de la Comunidad Europea. Se necesita un nuevo rumbo, más social, pero evitando la tentación de convertir a la Unión en una isla de bienestar de espaldas a los problemas del mundo. Es la tentación de los nacionalismos, incapaces de comprender que, en solitario, los países de Europa estarán mucho peor preparados para afrontar los desafíos de la globalización. El problema es que la unidad no puede construirse de forma artificial. Es necesario «preservar» y «fortalecer» los «vínculos espirituales y culturales» que comparten los europeos, pedía el cardenal Marx. Esta dimensión se ha descuidado demasiado. Una de las lecciones que deja el referéndum británico es que el interés pragmático no basta para sostener un proyecto en el que la ciudadanía ha dejado de creer.



