Madrid - Publicado el - Actualizado
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En una jornada con menor asistencia que años anteriores, el Presidente de la Generalitat Carles Puigdemont ha aprovechado la celebración de la Diada para plantear un nuevo desafío al Estado de Derecho. Los independentistas han vuelto poner sobre la mesa su particular realidad paralela, en la que afirman que la hoja de ruta del Gobierno catalán es celebrar unas elecciones constituyentes, y que si no hay acuerdo con el Estado para celebrar un referéndum, la fórmula de las mencionadas elecciones constituyentes serían un verdadero plebiscito de validación del proceso independentista. La Diada hace ya tiempo que se ha convertido en una puesta en escena de los anhelos secesionistas. Lo que añade un punto más al delirio es ver ahora al presidente de todos los catalanes en la manifestación reivindicativa. La fiesta inicial, que celebrada en libertad, ha cumplido precisamente 40 años este domingo, se ha convertido en un once de septiembre excluyente, en un aquelarre del que se ha expulsado a todo aquel que no muestre pedigree separatista. La situación nacional, todavía con un gobierno en funciones, no ayuda demasiado. Tampoco ayuda nada la deriva del frágil gobierno autonómico en Cataluña, echado en manos de los antisistema de la CUP y empecinado en la obsesión y casi única seña de identidad de la denominada “desconexión”. Desgraciadamente, son buena parte de los políticos catalanes los que están desconectados de la realidad en la que viven. Este año han vuelto a perder una oportunidad de oro para ser, de verdad, servidores de todos y de cada uno de los catalanes, para no dividir a la sociedad en buenos y malos, según sus afinidades ideológicas, y para demostrar que les preocupan los problemas reales de Cataluña.



