Blas, dueño de un taller: "Si me saca el trabajo, a mí me da lo mismo pagarle 2.000 o 3.000 euros, pero tienen que sacarlo"
La escasez de mano de obra cualificada en los oficios lleva a empresarios como Blas a ofrecer sueldos muy elevados a quienes demuestren su valía y productividad

Blas, dueño de un taller
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Blas, propietario de una carpintería metálica en Granada, ha puesto sobre la mesa una de las grandes paradojas del mercado laboral actual: la enorme dificultad para encontrar personal cualificado a pesar de la disposición de los empresarios a pagar sueldos elevados. Su posición es clara y contundente: "Si me saca el trabajo, a mí me da lo mismo pagarle 2.000 o 3.000 euros, pero tienen que sacarlo". Una afirmación que resume la frustración y a la vez la oportunidad que vive el sector de los oficios.
Esta declaración la ha realizado durante su participación en el podcast sobre profesiones técnicas Sector Oficios, donde ha analizado la crisis de personal que afecta a multitud de gremios. El problema no se limita a la soldadura; faltan electricistas, fontaneros, obreros y hasta camareros, una situación que pone en jaque a muchos pequeños y medianos empresarios, como le ocurre a otros empresarios con hasta ocho proyectos abiertos. "No sé lo que pasa, pero falta gente para todo", lamenta Blas.
A mí me da lo mismo pagarle dos o 3.000 euros pero tiene que sacarlo"

Carpintero reparando cerradura de puerta. Instalando manija de puerta.
La formación, un pilar fundamental
Blas conoce bien los dos lados de la barrera. Actualmente tiene un chaval en prácticas y su objetivo es enseñarle bien el oficio, una filosofía que contrasta con la de algunas empresas más grandes donde "lo ponen a barrer" o la de ciertos cursos online que "dan un título de soldador cuando no sabes ni echar un punto". El empresario destaca el alto coste que supone contratar, ya que el seguro de un peón asciende a "casi 1.000 euros", un dinero que el propio empleado debe generar con su productividad.
Entiende que un aprendiz no puede "rendir lo mismo" que un oficial con años de experiencia y que los jóvenes "quieren entrar y cobrar como cualquiera". Sin embargo, defiende un sistema de progreso: empezar con un sueldo base por convenio y, con el tiempo y la habilidad demostrada, poder alcanzar salarios muy competitivos. Esta visión choca con una realidad en la que muchos jóvenes optan por otros caminos, a pesar de que los oficios técnicos ofrecen sueldos que superan a muchas carreras universitarias.
Una trayectoria forjada a mano
La historia de Blas es la de un profesional hecho a sí mismo. Empezó con solo 14 años en los veranos, trabajando con su tío en estructuras de hormigón, donde tuvo su primer contacto con la soldadura. Tras dejar los estudios de la ESO, probó suerte como panadero y jardinero, pero la vocación por el metal le llevó a formarse como tornero fresador. Fue en esa etapa donde, gracias a su experiencia previa, acabó "enseñando a los compañeros a soldar".

Un carpintero trabaja en un ático, asegurando vigas de madera con un taladro eléctrico mientras usa guantes.
Después de su formación, trabajó durante siete años en un taller mecánico, un empleo que no le gustaba pero que compaginaba por las tardes con su propia pasión: fabricar y reparar piezas en la cochera de su abuelo. Poco a poco, fue comprando sus propias máquinas hasta que en febrero de 2020, justo antes del confinamiento, decidió darse de alta como autónomo y dedicarse por completo a su taller. El crecimiento ha sido orgánico, basado en el boca a boca y sin necesidad de publicidad.
Este al lado me cobraba 20 euros menos"
Los desafíos del autónomo
Como autónomo, Blas se enfrenta a diario a la competencia desleal y a la negociación constante con los clientes. No es raro que alguien llegue con un presupuesto ajeno para que se lo mejore. "Este al lado me cobraba 20 euros menos", le dicen. Sin embargo, Blas defiende el valor de un trabajo bien hecho, explicando que esa diferencia de precio a menudo radica en la calidad de los materiales y acabados, como una pintura al horno frente a una simple imprimación.
Otro de los grandes problemas es la informalidad de algunos clientes. Relata el caso de un vecino que le encargó varias rejas y, una vez fabricadas y pintadas, decidió que ya no las quería, para luego bloquearle el teléfono. "Me he quedado con las que no dan la señal", explica, una experiencia que le ha obligado a pedir un anticipo a la mayoría de nuevos clientes para cubrir, al menos, el coste del material.
Su visión de futuro es clara: especializarse. A Blas lo que más le gusta es fabricar en el taller. "No me gusta montar en la calle", confiesa. Su objetivo es consolidar un modelo de negocio en el que su taller se dedique exclusivamente a la producción y soldadura de piezas, dejando el montaje en manos de otras empresas o colaboradores, un sistema que ya está explorando para poder centrarse en lo que verdaderamente le apasiona.
Este contenido ha sido creado por el equipo editorial con la asistencia de herramientas de IA.



