El cura ‘heavy’ de Guadalajara que rompe moldes: "Para mí las dos cosas son bastante fáciles"

Con rastas y amante del rock, este sacerdote de 17 pueblos dedica su vida a integrar a migrantes y acompañar a presos en la España vaciada

Ana Palacios de Elías

Madrid - Publicado el

2 min lectura11:20 min escucha

Juan Antonio Mínguez no es un sacerdote al uso. Es el párroco de Jadraque, en Guadalajara, y de otros 16 pueblos más de la comarca. Su aspecto, con rastas y pendientes, y su afición por la música heavy metal, es lo primero que llama la atención. Sin embargo, su verdadera labor reside en su entrega a las necesidades de los más vulnerables, especialmente migrantes y presos.

Integración, la palabra clave

En Jadraque, un municipio de casi 1.500 habitantes, viven más de 400 inmigrantes, la mayoría de origen magrebí y religión musulmana. Para facilitar su acogida, Juan Antonio aprendió árabe y se lanzó a enseñarles castellano. “Las mujeres son mucho más constantes que los hombres”, comenta sobre sus clases. El sacerdote subraya que, más allá del idioma, lo que estas personas demandan es cercanía, ayudas puntuales y acceso a vivienda.

El párroco defiende que la integración es un camino de doble sentido que requiere un esfuerzo por ambas partes. “Tenemos que hacer los dos pasos. Es ver a la persona, y muchas veces dejar nuestros prejuicios que todos tenemos, y que nos sorprenda”, afirma Mínguez. Considera que las personas siempre pueden sorprender, tanto para bien como para mal.

Una “bendición” entre rejas

Además de su trabajo en los pueblos, Mínguez es el delegado de pastoral penitenciaria de la diócesis desde hace ocho años. Lejos de considerarlo una tarea difícil, lo describe como una experiencia que le ha cambiado la vida. “Trabajar con los presos es una bendición, porque me ha hecho conocer a gente y crecer como persona dándome y ayudando a los demás”, explica.

El sacerdote también destaca la dureza de la situación para los familiares de los reclusos. “Son los que más sufren”, asegura, debido al estigma social que padecen. Por ello, siempre se ofrece a hablar con ellos para acompañarlos en su “dolor” y “vergüenza”, un proceso en el que considera fundamental el respeto.

Un cura con rastas y amante del rock

Su imagen, con rastas y su gusto por el heavy, thrust, death y rock, generó sorpresa al principio, pero asegura que ahora la gente le acepta como es. En la cárcel, su aspecto incluso le ha ayudado a “relajar mucho” el ambiente, ya que algunos internos llegan a pensar que es un preso más. Él, por su parte, siente que su estilo es una parte inseparable de su identidad.

“Si algún día me quitara los pendientes o me afectara y me quitara las rastas, no me vería yo”, confiesa. Cree que sus aficiones, como tocar la guitarra eléctrica y la flamenca, le sirven para “enriquecer el ministerio”. Su objetivo final, dice, es “sembrar, y alguien cosechará”, con la esperanza de que su cercanía y su forma de ser dejen una semilla de cambio.

Este contenido ha sido creado por el equipo editorial con la asistencia de herramientas de IA.

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