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El sentimiento enfrentado que siente esta madre por el asesino de su hija adolescente

Laia fue asesinada en junio de 2018 por un vecino de los abuelos paternos

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Tiempo de lectura: 3'Actualizado 14:06

Sonia perdió a su hija Laia hace quince meses. Era el cuatro de junio de 2018, cuando la pequeña de trece años se encontraba en la casa de sus abuelos paternos, a las afueras de Barcelona. Viven en una segunda planta. Su padre la esperaba en el portal. Apenas veinte escalones separaban a la menor de su padre. Cuando Laia se disponía a ir a su encuentro, se topó con un ogro a mitad de camino, en el rellano de la primera planta.

El padre, tras esperar unos minutos, llamó al telefonillo. Los abuelos de Laia le informaron que no estaba en casa. Efectivamente, no estaba. Había sido secuestrada por Juan Francisco López Ortiz, el hijo de 42 años de un matrimonio de jubilados que lleva toda la vida residiendo en el primer piso. La forzó para ingresar en la casa. La policía sospechaba que desde hacía días seguía los pasos de la menor, ya que tras salir del colegio siempre acudía a casa de sus abuelos. Juan Francisco aprovechó que sus padres estaban en el hospital, debido al delicado estado de salud de su progenitora, para asesinar a Laia, no sin previamente tratar de abusar sexualmente de ella, tal y como relata Sonia: “Él quiso abusar de ella. Según los informes del forense, mi hija tiene signos de violencia. Cuando accedieron a la habitación, vieron que faltaban piezas de la ropa de Laia.”

Más de un año después, Sonia continúa recibiendo tratamiento psicológico y psiquiátrico: “Me estoy medicando, aprendiendo a vivir con todo este calvario. Tengo que hacerlo por mi hijo de 16 años, que también está en tratamiento. Intentamos que la muerte de su hermana no le frene. No queremos que le desgracie la vida también a él. Pero es un chico fuerte y está saliendo adelante.”

Tanto Laia como su hermano son de origen chino. Ambos fueron adoptados por Sonia y su exmarido. Todos notan su ausencia. Sonia continúa sin asumirlo: “No lo he asumido. Laia sigue sin estar entre nosotros. Cada día es una lucha por no caerme. No puedo trabajar, ni leer, ver una película, concentrarme… No hay palabras que expliquen cómo estoy, pero peor lo tuvo que pasar ella.”

El crimen aún está pendiente de juicio, que se prevé se celebre el próximo año. En la declaración, el presunto asesino relataba que atacó a la menor al pensar que era un ladrón: “Según contaba, se había dejado la puerta de la casa abierta, y creyó que había entrado un ladrón en su interior. Entonces, cogió un cuchillo de la cocina para defenderse. Pero estamos hablando de un hombre que mide más de 1,80 y pesa unos noventa kilos, frente a mi hija, que apenas pesaba 35, por lo que la credibilidad es nula.”

La madre de Laia no olvidará las cuatro horas que tardaron en encontrar a su pequeña: “Empezaron a llegar amigos y conocidos para buscarla. El asesino estaba en su casa escondido con el cuerpo de mi hija. En un momento dado, al caer la noche, salió de casa con una bolsa de basura con la ropa de mi hija manchada de sangre, al igual que las sábanas, para tirarlo al contenedor. Nosotros lo sabemos porque lo grabaron las cámaras de un comercio. Su intención era deshacerse del cuerpo.”

Con tan solo trece años, se rompieron las ilusiones de Laia y de su familia. Una chica que se caracterizaba por ser alegre, simpática o cariñosa: “Iba a entrar en Primero de la ESO. Transmitía mucha vida.” A Sonia vivir se le hace cuesta arriba. Espera que se haga justicia. El abogado de la familia ha pedido para el acusado Prisión Permanente Revisable, al considerar que es lo justo, proporcional a los daños causados: “Tiene que reinsertarse, y cuando tenga que salir, se estudie si puede vivir en sociedad. Pero que lo haga con unos certificados que garantice que no volverá a hacer lo mismo.”

En cualquier caso, Sonia confiesa no sentir rabia hacia el asesino de su hija, ya que eso le haría enfermar aún más: “Intento tener el recuerdo alegre de mi hija. Cuando me vengo abajo lloro, la echo de menos, pero no puedo permitirme pensar en el causante. Eso me haría enfermar más y no curarme.”

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